Mis compañeros quedaron en el despacho del Sr. Juarez, y yo salia con mis útiles de escribir en la mano.
Estaba remudándose la guardia, habia soldados de uno y otro lado de la puerta: por la parte de la calle, al entrar yo en el zaguan para salir, se revolvian en tropel los soldados; á mí me pareció, no sé por qué, que eran arrollados por una partida de mulas ó ganado que solia pasar por allí: me embebí materialmente en la pared y me coloqué tras de la puerta; pero volví los ojos hácia el patio, y ví ensangrentado y en ademan espantoso, al soldado que custodiaba la pieza: gritos, mueras, tropel y confusion horrible, envolvieron aquel espacio.
El lugar en que yo estaba parado era entrada á una de las oficinas del Estado; allí fuí arrebatado, á la vez que se cerraban todas las ventanas y la puerta, quedando como en el fondo de un sepulcro.
Por la calle, por las puertas, por el patio, por todas partes, los ruidos eran horribles; oíanse tiros en todas direcciones, se derribaban muebles, haciendo estrépito al despedazarse, y las tinieblas en que estaba hundido exageraban á mi mente lo que acontecia y me representaban escenas que felizmente no eran ciertas.
En la confusion horrible en que me hallaba, ví que algunos de los encerrados conmigo en aquel antro salian para la calle impunemente: yo no me atreví á hacerlo, pendiente de la suerte de mis amigos, á quienes creí inmolados al desenfreno de la soldadesca feroz.
Los gritos, los ruidos, los tiros, el rumor de la multitud, se oian en el interior del palacio. Como pude, y tentaleando, me acerqué á la puerta del salon en que me hallaba y daba al patio, apliqué el ojo á la cerradura de aquella puerta, y ví el tumulto, el caos más espantoso: los soldados y parte del populacho corrian en todas direcciones, disparando sus armas; de las azoteas de palacio á los corredores caian, ó mejor dicho, se descolgaban aislados, en racimos y grupos, los presos de la cárcel contigua, con los cabellos alborotados, los vestidos hechos pedazos, blandiendo sus puñales, revoleando como arma terrible sus mismos grillos.
En el centro del patio de palacio habia algunos que me parecieron jefes y un clérigo de aspecto feroz....
Algunos me instaron á huir; á mí me dió vergüenza abandonar á mis amigos. Luché por abrir la puerta.... la cerraba una aldaba que despues de algun esfuerzo cedió: la puerta se abrió y yo me dirigí al grupo en que estaban los jefes del motin.
A uno de ellos le dije que yo era Guillermo Prieto, ministro de Hacienda, y que queria seguir la suerte del Sr. Juarez.
Apénas pronuncié aquellas palabras, cuando me sentí atropellado, herido en la cabeza y en el rostro, empujado y convertido en objeto de la ira de aquellas furias....