Desgarrado el vestido, lastimado, en situacion la más deplorable, llegué á la presencia de los Sres. Juarez y Ocampo. Juarez se conmovió profundamente; Ocampo me reconvino por no haberme escapado, pero tambien hondamente impresionado, porque me honraba con tierno cariño.

Apénas recuerdo, despues de los muchos años que han trascurrido, las personas que me rodeaban.

Tengo muy presente el salon del Tribunal de Justicia, sus columnas, su dosel en el fondo. Estoy viendo en el cuartito de la izquierda del dosel, á Leon Guzman, á Ocampo; á Cendejas, junto á Fermin Gomez Farías; á Gregorio Medina y su hijo, frente á la puertecita del cuarto; á Suarez Pizarro, aislado y tranquilo; al general Refugio Gonzalez, siguiendo al Sr. Juarez.

Se habia anunciado que nos fusilarian dentro de una hora. Algunos, como Ocampo, escribian sus disposiciones. El Sr. Juarez se paseaba silencioso, con inverosímil tranquilidad: yo salia á la puerta á ver lo que ocurria.

En el patio la gritería era espantosa.

En las calles, el Sr. Degollado, el general Diaz, de Oaxaca, Cruz Ahedo y otras personas que no recuerdo, entre ellas un médico Molina, verdaderamente heróico, se organizaban en San Francisco, de donde se desprendió al fin una columna para recobrar palacio y libertarnos.

A ese amago, aullaban materialmente nuestros aprehensores: los gritos, las carreras, el cerrar las puertas, lo nutrido del fuego de fusilería y artillería, eran indescribibles.

El jefe del motin, al ver la columna en las puertas de palacio, dió órden para que fusilaran á los prisioneros. Eramos ochenta por todos.