Me solazaba de estas visitas, que eran para mí sérias ocupaciones, con mis correrías por el mercado, las Matinés, que convierten la calle del Canal en un Olimpo de deidades, y en donde se exponen con trages domingueros, el tipo frances, airoso y seductor; la cuarterona esbelta y subversiva; la americana, régia y soberbia, y la negrilla zandunguera, con su gorro lleno de flores, su sombrilla y sus guantes como cualquiera catrina.
Otras veces, con la adorable familia de Julia, emprendia el viaje á uno de esos pic-nic de extramuros que realmente me deleitaban.
Un campo raso cubierto de césped, donde juegan y saltan parvadas de preciosos niños, un gran tablado con su barandal y en uno de sus extremos una buena orquesta, en que menudean pistones y trompetas de todas hechuras, una cantina en que se sirve nieve, aguas frescas, cerveza y licores: hé ahí todo el aparato escénico para los bailes al aire libre, más alegres y más animados del mundo.
El estudiante, el artesano, el tendero, el elegante, el juez y el calesero, se confunden y se revuelven con multitud de viajeros á quienes da nacionalidad el placer, y tienden sus brazos las bellas para embarcarlos en un wals vertiginoso, ó en una cuadrilla circunspecta; y como existe el hábito del respeto mútuo, no se conocen las riñas, y se verifican milagros de confraternidad, superiores á los que podrian ordenar las leyes más sábias y meditadas.
¡Qué desgarbo y sans façon de aquel yankee! qué zandunga de aquel habanero maldito! qué aire de perdonavidas de aquel tendero de la tierra de María Santísima! qué tenacidad, y qué furia, y qué aguante de aquella pareja de alemanes!
Los chicos aturden con sus gritos; el clamoreo de la orquesta envía sus ecos á gran distancia; de los montes van descendiendo las sombras; en el confin del cuadro se balancean mil buques como meciéndose en las caudalosas aguas del Mississippí.
Mis horas de permanencia en el Bording, las empleaba con mis compañeros, ya obligando al condescendiente Jorge Hameken á que me buscase libros y tocase el piano, que como ya he dicho, lo pulsa con maestría, quitándole de su tresillo y de su ajedrez, para el que tiene constancia inverosímil; á Rocha le forzaba á que me hablase de sus viajes y me contara cuentos, porque lo hace muy bien, arrebatándole de las manos sus mapas y sus libros militares, que estudiaba constantemente; ya, por fin, poniendo á discusion mis dudas sobre las instituciones americanas y las cuestiones sociales, abandonando Iglesias sus lecturas filosóficas que duraban ocho y nueve horas diarias, Gomez del Palacio sus estudios de los clásicos griegos y latinos, y Lancaster y Alcalde sus apuntaciones políticas.
En una de las veces que entraba al cuarto de Lancaster, siempre en mucho arreglo y recibiendo como de cumplimiento á sus amigos, siendo el más dulce y el más tierno, en medio de una sequedad y concentracion que parecen afectadas, le encontré, contra su costumbre, hecho un predicador, imponiendo á un mexicano amigo, de la cuestion americana; y aunque ya se ha tocado esta materia, creo que la corrobora la conversacion de mi querido Alfonso, que yo copié con cuanta exactitud me fué posible.
LIT. H. IRIARTE, MEXICO
Correo y Aduana. N. Orleans.