Yo andaba como á tientas: veia edificios, plazas y parques, como tonto en vísperas; toda la gente iba á sus negocios sin cuidarse de la lluvia, que no la dejaba poner pié en postura. Pero para un yankee, el percance de la agua es pecata minuta; se envuelve en un pañuelo el sombrero; si á mano viene, se voltea al revés la levita, se remanga el pantalon, y Cristo con todos.

Muy frecuentemente el yankee usa levita impermeable ó capote de hule, y entónces le pega cada gregorito al cielo, que da gusto.

Volvíme al hotel, y con el chico del mostrador, aleman muy avisado y servicial, entablé mi demanda de un cicerone que me condujese en aquella ciudad de máscaras, mediante una gratificacion.

Procuróme el alemancito del hotel á un jovenzuelo americano, con dos piernas como de grulla, un hueso de mango chupado por cabeza, y dos brazos como dos largos cables pendientes de dos perillas.

Pero es de advertir que en lo que tengo de vida, que no es mal pico, no habia conocido entidad más movediza y más inquieta que la que me servia de guía. Se metia adrede en los charcos, saltaba sobre todos los postes, tenia picos pendientes con cantineros, verduleras y chicas ambulantes; de todas partes le llamaban, y con los más desastrados muchachos mantenia bulliciosas relaciones.

Pee ó Pii era el nombre de mi conductor.

—¿Qué edificio es este, amiguito?

—Espere vd.: Katy (á una muchacha), esta tarde, ¿no es cierto?—Qué edificio? (á mí).

—Ese.

—Ah! la Cámara de Comercio; aquí es el hervidero de los bisnes, (negocios), puede contener 25,000 personas.—Déme vd. un puro.—Adios, amigo! ahora voy muy ocupado con el caballero.—Torzamos por aquí.