Búffalo, á la simple vista, parece construida dentro de un bosque, tantas y tan frondosas son sus arboledas, entre las que se distinguen las fachadas de las casas, torres y cúpulas, los chorros de agua de las fuentes de los parques, y clarean calles de suntuosos edificios, como el Correo, la Penitenciaría y la Catedral de San Pablo.
Serian las nueve de la mañana cuando llegamos á la estacion del Niágara: yo no cabia en mí de inquietud.
La estacion tiene un aspecto comun: una de sus puertas laterales da á un alegre hotel que se llama Spencer. Los criados del hotel se apoderaron de nuestras maletas, nosotros les seguimos: yo, con el rabo del ojo, ví una larga calle que me dijeron que conducia á la catarata.
El hotel tiene únicamente dos pisos: es cuadrado, con un aspecto de decencia y alegría que mucho simpatizan.
A la derecha de la entrada se encuentra el despacho, con su amplio mostrador y su gran libro para que se inscriban los viajeros.
Las paredes están tapizadas con vistas del Niágara de todos tamaños, y hay una mesita en que se expenden guías, descripciones, medidas, consejos y todo lo que se quiera para conocer la catarata.
A la izquierda de la entrada está el parlor ó salon de tertulia, con su gran chimenea, que ardia en esos momentos, alfombras, piano, candil y todo el aspecto de exquisita elegancia.
A dos pasos del parlor se ve el comedor, de techo bajo, pero con luz bastante, un laberinto de columnillas blancas y esbeltas, y multitud de mesas con servicio blanco y cristal finísimo: en cada mesa habia, moviéndose con cuerda, un aparato muy curioso para espantar las moscas.
En la parte alta del hotel admiré el saloncito de recepcion, con una gran ventana cuyo marco está revestido de preciosas enredaderas llenas de flores.
Los compañeros y yo nos acomodamos perfectamente, dejándome todos por deferencia un cuarto desde donde se ven los pinos que se avecinan á la catarata y se escucha su rumor imponente.