Gomez del Palacio me compraba guías y me tenia listo lápiz, porque yo tengo por costumbre inveterada perder uno cada cinco minutos.
Cuando estaba almorzando, contraje conocimiento con unos italianos, entre los cuales habia uno afectísimo á México, que me agobió á preguntas.
Llamábase Toretti, y es de tan pristina inocencia, de candor tan columbino, que realmente fué para mí su encuentro una novedad.
Toretti es pintor, y pintor en mi juicio de sobresalientes dotes; hizo su primera educacion en un colegio de Jesuitas en su país, y fué á los Estados-Unidos con la leche en los labios.
Gallardo de presencia y culto de maneras, pero lleno de encogimiento; apasionado, pero tímido; entusiasta, pero susceptible y retraido; enamorado, pero cobarde delante de una mujer, cada paso suyo era una aventura y cada uno de sus arranques de ternura le habia costado un viaje peligroso, un naufragio, y andar á cuchilladas con los hijos de Guillermo Penn.
Miéntras en pláticas sabrosas habia pasado el tiempo con mi amiguito Toretti, mis compañeros se proveyeron de coches para ir á la catarata, y nos pusimos en marcha.
La ancha calle que recorriamos es de amplísimas banquetas, en las que estaban expuestos, géneros, comestibles, juguetes y artículos de comercio de todas clases.
Muy frecuentemente íbamos percibiendo en los aparadores de cristales gigantescos, objetos característicos de la localidad, como sombreros, bastones, aderezos de cuentas relucientes, mancuernas, pulseras y chucherías, de las que hay grandes almacenes y de las que hacen cuantioso consumo los viajeros.
A medida que avanzábamos, y á pesar del ruido de los coches, sentiamos estremecido el viento por el rumor sordo y estupendo de la caida de las aguas, en aquella espectativa silenciosa y grave de cuando nos creemos en la proximidad de algo maravilloso.