Detuviéronse los carruajes á poca distancia de una grande abra de la tierra, desde donde se percibian del opuesto lado hoteles y quintas entre arboledas, señalando el lado del Canadá, como se sabe, perteneciente á los ingleses.
"Todas esas márgenes del Niágara hasta el Lago Ontario, dice Zavala, han sido el teatro de una guerra mortal en los años de 1812, 1813 y 1814, entre los americanos y los ingleses. En el lado izquierdo del rio, diez millas de la catarata abajo, hay una columna de granito de más de cien piés, elevada sobre una colina, en memoria del general inglés Brok, muerto en una accion contra las milicias americanas, en Octubre de 1812. Es de notar que las tropas inglesas eran todas de línea, mandadas por generales aguerridos, educados en las campañas de Europa: tales eran los generales Treeddale, herido mortalmente en la batalla de Chippewa; Drumond, herido igualmente, y Riall, hecho prisionero. Los generales americanos Brown, Scott y Ripley se manifestaron dignos de tales enemigos, aunque nunca habian estado en accion alguna de guerra. El general Scott, que dió bastantes pruebas de valor é inteligencia en las acciones de Chippewa y Bridgewater, era poco ántes un abogado de fama en el Estado de Virginia. La primera accion en que se vió fué en la de Queentown, en que murió el general Brok."
Me sacaron de mis reflexiones los amigos que me excitaron á asomarme á una especie de pretil semicircular, desde donde se ve la barranca profundísima abierta en una extension como de trescientas varas, con sus paredes tortuosas, abigarradas, con rocas inmensas como al desprenderse de los muros arcillosos, con sus aguas verdiosas en el fondo, llevando en su superficie ampollas blancas de los hervores de la corriente.
A mi frente se veian las risueñas casitas, los hoteles y edificios del lado del Canadá, con sus paredes blancas, sus persianas verdes y sus corredores y jardines alegres.
A mi derecha se distinguian dos altísimas torres en la extremidad del puente, que parecia suspendido como para una excursion en el espacio, corriendo como en vecindad de los cielos los carruajes y la locomotora, arrastrando su cauda de edificios de madera, como si fuesen á colonizar sobre las nubes.
A la izquierda, se hundia en recodo una de las cataratas, que se adivina, que se escucha y que la cria fantástica la mente, como cuando por la voz queremos adivinar la fisonomía de una persona: alzando la vista se perciben las puntas de los pinos, y ese ramaje que semeja al candelabro, que remeda el brazo y que tiene algo de severo y humano visto de léjos.
Se angosta el terreno como que se cierra en un punto, y allí clarea, se reviste de oro una imponderable masa como de plata fundida, que parece que no corre sino que está suspendida como la seccion despedazada de un arco. Esto se percibe entre un remolino de polvo de agua, que brilla y reverbera, se une en combinaciones luminosas, se desparce en ráfagas de cristal, de perlas y diamantes de maravillosa belleza.... Pero como todo es incompleto, todo por indicaciones, la sensacion se semeja á la duda de la realizacion del presentimiento, embriaga el anhelo, se teme que la mente supere á la realidad del espectáculo, que nos hemos prometido y que nos han prometido nuestros recuerdos.
Quitéme de aquel lugar, porque por una angosta puertecilla habian entrado mis compañeros á un cañon oscuro, y estaban como en la amplia cornisa de un declive rapidísimo, formando tubo y dejando percibir á lo léjos una claraboya desde donde se veian aquellas aguas verdes y espumosas.
Acostumbrados mis ojos á la oscuridad, distinguí dos ferrocarriles que descendian paralelos. En éstos hay unas como cajas de carretela abierta en que se acomodan los viajeros, haciendo una compensacion mecánica de movimientos, que miéntras los unos bajen, los otros asciendan con la mayor comodidad.
No obstante; lo desconocido del modo de viajar, la oscuridad, la presencia del rio hirviente como fin del viaje y la rapidez con que se desciende, algo afectan; tiene un no sé qué de descenso á los infiernos, que de fijo habria aprovechado Orfeo, cuando tuvo la estúpida ocurrencia de buscar tan léjos á su mujer.