Aderezos deliciosos de piedras blancas y trasparentes, pulseras, cruces, aretes, estrellas, bastones de las ramas de los árboles que circundan la catarata, y todo un repertorio de objetos de gamuza bordados de piedrecillas y cuentas nácares, azules, blancas y verdes.
Gorrillas caprichosas, theuas, pecheras y yo no sé cuántas fruslerías dispuestas con admirable coquetería.
Pero la parte sustancial del riquísimo almacen son las vendedoras, porque de luego á luego se ve que su sin par hermosura y sus gracias, entran como parte muy principal en la especulacion.
Cada una de aquellas sirenas del Niágara, lujosamente vestida, con voz angélica y mirada amorosa, se apodera de un viajero, y le sonríe, le conduce, le mima, mostrándole primores.
Aunque el comprador tenga de granito las entrañas, aquellas sonrisas le conmueven, afloja los cordones de su bolsillo, y se hunde; por supuesto que el dengue, y la sonrisa, y la mirada, se incluyen en las facturas, y son fabulosas las exhibiciones.
Mis lectores, que poco más ó ménos conocen la calidad de sus compatriotas, se harán cargo, por esta indicacion, de lo que serian en aquella estancia, al medirse las proponentes las sogas, dejando al descubierto el seno de alabastro; al pugnar por ajustar una pulsera al hijo de Moctezuma; en una palabra, al entretenerse en trato íntimo con aquellas mercadelas tan provocativas y seductoras.
Los jóvenes que hicieron allí sus compras, se desmorecieron, se despilfarraron y salieron con cargamentos de soguillas, cuentas y abalorios.
A poca distancia del Museo, un saltimbanqui nos invitó, por cuanto vos, á que pasásemos á un cuartito circular completamente á cubierto de la luz.
El cuartito es una muy curiosa cámara oscura, en que sobre una mesa cubierta con un lienzo blanco, se disfrutan en miniatura y en movimiento, los paisajes ya descritos.
La oscuridad completa, las exclamaciones de viajeros y viajeras, y la novedad de aquel cuartito contingente, no dejan de tener su atractivo.