—Ya conoce vd. el rio ántes de la gran caida, con sus aguas en que se quiebran los rayos del sol: figúrese vd. una jóven de angélica hermosura, con el cabello desordenado por el viento, el velo flotante sobre los bucles de oro de su espalda. Está en una barca pegada á una roca; se ha levantado y se inclina á coger una flor que temblaba sobre su delgado tallo al borde de la caida: de repente una ráfaga de viento la barre y la precipita en el abismo.... ¿qué le parece á vd. ese cuadro?

—Perfectamente.

—Esa señorita es Marta K. Rugg, de Lancaster, cerca de Boston: la desgracia ocurrió en 19 de Agosto de 1844.

—Vea vd. otro cuadro:

—Es una barca que lleva irresistible la corriente por ese rio impetuoso: en la barca, que estaba atada á la orilla, jugaban dos niños á la vista de la madre.... el cable se rompe, la barca se desprende, la niña ha salvado moribundo á uno de sus hijos.... el otro sigue en la barca y le tiende alegre sus bracitos, corriendo al precipicio en que perece, cruzando sobre la mole de la cascada....

—Eso es magnífico!

—Esa se llama la escena de los hijos de Mr. White.

—Tambien creo,—continuó el artista,—que se podria sacar partido de esta otra tradicion:

—Ya escucho á vd.