Yo, sin ser Dumas por supuesto, me esperaba un desenlace semejante con aquel jóven desconocido.

Esperé á que concluyera de escribir.... concluyó en efecto.... apénas se alejó, cuando me acerqué á devorar con los ojos lo escrito.... Es de advertir que el puente es un punto de vista magnífico, desde donde se percibe parte del rio y la gran caida del Niágara.... Acerquéme: lo que habia escrito el yankee, porque yankee era mi ideal poético, era una cuenta de cueros de res, harina y sebo.... Dios me tuvo de su mano para no darme de bofetadas por mi desengaño!

Costeando entónces la isla por toda la calzada que da al rio, y cercano á otro descenso que tiene el nombre de Cueva de los vientos, nombre comun á varios puntos, encontré á un hombre que venia hácia mí fumando, y á quien pedí la lumbre: contestóme en correcto frances, y no faltó motivo para emprender conversacion.

Díjome mi nuevo conocido que los primeros visitadores de aquella isla fueron unos oficiales franceses, que en 1785 fueron conducidos allí por unos indios; que la isla la compró despues Mr. Noah, quien habia soñado hacer de aquel punto el refugio de todos los judíos del globo.

Con voz lúgubre é imponente me relató la historia de Francisco Abbot, llamado el Ermitaño:

"Apareció el misterioso personaje al Oeste de la isla de Goat, sin antecedente que diera á conocer su procedencia; formó una cabaña de ramas de árbol, y no se tenia conocimiento exacto de cómo proveia á su subsistencia, porque vivia en rigurosa incomunicacion.

"Durante el dia, y en general en el buen tiempo, no salia de su choza. Pero cuando las tempestades se desencadenaban, al brillo de los relámpagos y á los estampidos del trueno, salia de su cabaña, corria, levantando los brazos y lanzando gritos, á las orillas de los abismos, dando muestras de infinito placer.

"Esto era á mediados de 1830: en 1831, en medio de una de esas escenas de terror, se lanzó á la corriente de la catarata, y su cuerpo, aunque muy mutilado, se encontró catorce millas más abajo de la caida, cerca del fuerte del Niágara."

Seguí en mi paseo: á mi derecha como que se recortaba el borde, presentando varias hundiciones ó claros en que se distinguian espantosas profundidades. Al inclinarme en una de ellas, contemplé agarrándome de las rocas, una escalerilla de palo con escalones débiles y volados, á una gran altura. Temiendo desvanecerme, me senté en el primero de los escalones, y así fuí descendiendo, sintiendo estremecerse de un modo alarmante la escalera; llegué á un descanso, de él se desprende en la roca viva un corredor con su fuerte barandal de madera: es un balcon suspendido sobre el rio ántes de bifurcarse y de caer, y desde donde se percibe en toda su grandiosa, su espléndida, su magnífica extension. Es más de una legua su anchura: desde aquel punto no se perciben con exactitud sus límites.

Arranca el tropel tempestuoso de las aguas desde el confin del distante horizonte, de donde parece saltar del cielo, que en aquel punto parece unido á la tierra: despues, en declive rapidísimo, aquel vacío que se torna mar; aquel éter que se liquida, centuplicando en reverberaciones la luz que se funde; aquella claridad que se hace corpórea, hija del desquiciamiento del mar, parece precipitarse como una columna compacta, entrando por entre lejanas arboledas, corriendo como si á su espalda se agitase el huracan.