A cierta distancia, el lecho del inmenso rio ya no es un cauce; es un océano de peñascos como montañas, de trozos de ruinas, de fragmentos de mundo, que han salvado de trecho en trecho del naufragio la tierra, y donde quedan como guerreando en pié, convulsos y terribles, gigantes árboles que abaten sus ramas como si pretendieran ahogar á sus piés la corriente procelosa.
Aquel esparcimiento de piedras y peñascos, disperso muro, inútil resistencia de las aguas, impotente conato de su detencion y aquietamiento, rompe en millares de olas la corriente, las aisla, las individualiza, y en su vertiginosa impetuosidad, aullan, gimen, prorumpen en alaridos intensísimos, se desgarran, vuelan en fracciones y producen una gritería de articulaciones, como una insurreccion, un tropel, un tumulto, una locura imposible de describirse ni alcanzarse con la imaginacion.
La luz en cambiantes infinitas, vuela sobre las olas desencadenadas, en que se perfila, se dora y se quiebra en desmoronamientos imposibles, estalla en chispas, se recoge y destiende en ráfagas deslumbradoras, miéntras el movimiento remeda la cabellera, el ojo, el brazo, la espalda de cuerpos hundiéndose, desarticulándose y esparciéndose en pedazos, que se trasforman en figuras fantásticas y espantables.
Parece que el mundo todo corre en fracciones en el torrente, y su ímpetu y su empuje son tales, que todo tiembla y se humilla en su alrededor. Parece que presienten su caida las aguas, y como que protestan, como que aullan, corriendo á su suplicio.
En la corriente de los siglos, en el impetuoso torrente del tiempo, ¿qué son las generaciones? ¿qué más da unas cuantas olas más ó ménos de esos que se llaman los dias y los años? ¡Miserable humanidad! ¡Risibles ensueños de inmortalidad mundana!
¿Qué es lo que impera en medio de este cataclismo? El infinito.... el infinito....! Dios.... Dios....!
Grande, profundísima impresion hizo en mí el Niágara; pero no sé por qué la vista de este torrente me sobrecogió más y me sentí grande cuando me llenaba de ella, la podia abarcar con mi alma y la superaba en mis aspiraciones á identificarme con la Eternidad y Dios......
Atravesé el corredor de madera y salté á una roca que está coronando la caida de la catarata: allí hay unos fierros en ángulo perfecto, estribando en fuertísimos pilares tambien de fierro: el balcon permite inclinarse sobre las aguas, recogiendo los últimos instantes del torrente al precipitarse en el abismo de la sombra pálida de la caida.
En aquel lugar, y no obstante que el viento me importunaba y los últimos rayos del sol caian sobre mí, revistiendo las olas en hirvientes corrientes de púrpura y de llama, trabé mi brazo á uno de los pilares, saqué mi cartera y escribí con mi lápiz los siguientes versos, que no tienen otro mérito que ser un desahogo de mi corazon: