Frustrado el viaje por agua por falta de vapores, salimos de Albany en un Parlor-Car, con la mayor comodidad.—El Parlor-Car, ó Carro-salon, como suele llamarse, lo forman tres saloncitos que se unen ó separan por medio de sus elegantes puertas. En cada uno de los saloncitos hay ocho poltronas giratorias de terciopelo ó tafilete, y durante el viaje, puede caminarse en aislamiento completo, en íntima comunicacion con las personas de su familia, con total desahogo.

A poco de partir el tren, ó mejor dicho, ántes de partir, ya admirábamos el extenso rio Hudson, con sus aguas azuladas y relucientes, rizando la superficie un viento apacible que levantaba vellones de blanca espuma.

Alegres vapores atravesaban el rio, sonando sus agudos pitos y haciendo temblar los aires con sus alaridos de marcha; botes y barquichuelos, grandes y pequeños, se deslizaban en todas direcciones, activando el trabajo; y pomposa la embarcacion antigua, llevaba con majestad hinchadas sus velas, y se cantoneaba como una ave acuática, alzando sus palos entre el humo de las chimeneas de los vapores.

A lo léjos, parecian espiarnos entre los árboles las mil casitas blancas con sus cercados y sus flores, sus animales domésticos y sus chimeneas y palomares invadiendo el espacio.

Extiéndese el terreno en uno y otro lado del rio, en séries de empinadas y deprimidas lomas que forman pequeñas colinas, hondos valles, laderas caprichosas cubiertas de verde aterciopelado, que con los claros que dejan los árboles al separarse, ó con las sombras que forman cuando se apiñan, hacen el lujo de los hermosos caprichos de la luz.

El suelo y el rio entran en lucha abierta con el ferrocarril, y entónces nos absorben las mil peripecias de la carrera del monstruo titánico que nos conduce. Invade por una y más veces el camino el rio, y el reptil gigante lo salva sobre pequeños ó levantados puentes; obstínase el rio, parece detenernos en su carrera: entónces, como una ancha faja, desenvuelve la madera sus durmientes, lecho de los rieles, y cruza la poblacion errante sobre las aguas, equilibrándose trémula y viéndose azotar las olas bajo el puente inseguro. Esos muelles y puentes parecen á lo léjos una fila de arañas acuáticas que sumergen sus patas en el agua: es el cientopiés que pone el lomo para que corra sobre él el vapor.

Empéñase el camino, y cierran las montañas y las lomas el paso á los viajeros; entónces se verifica la horadacion de la montaña, ya ligera, ya dilatada y laboriosa. En el primer caso, es un rápido eclipse que todo lo borra, que hace desaparecer instantáneo el paisaje, al ruido agudo de la máquina que pasa como sobre un teclado; en el segundo, es la noche, es la tiniebla asaltándonos y obligándonos á una excursion en lo desconocido y terrible: una hundicion por el estremecimiento, el choque por algun derrumbamiento no podido observar, una desviacion del riel, un clavo flojo, todo nos puede sepultar en la nada. Oyense como estertor las voces humanas; la luz de los cerillos alumbra cavernosa.... blanquean al fin las paredes desiguales del túnel, y relinchando triunfal con su penacho de llamas, al ruido de sus pasos, al clamoreo de su campana, se baña el tren de luz y jadea satisfecho, como un gladiador que quedó vencedor en la lucha.

Y la lucha del rio es tenaz, sesga, abierta, toma la curva ó se precipita recta, se alza ó se deprime, y al combatirlo ó evitarlo el tren, lo observa desde la opuesta orilla el bosquecillo de sombras apacibles, el caserío opulento y la tupida arboleda, por donde chimeneas y almenas, minaretes, cúpulas y miradores caprichosos, lo van siguiendo, ya dispersos en la falda de la loma, ya apiñados en las alturas.

El rio cobra las proporciones de un mar; se convierten las lomas en altas montañas; barcos soberbios y botes humildes cruzan las aguas; las chimeneas de las fábricas levantan plumeros de humo; tiemblan en los aires los tendones del telégrafo, proclamando la superioridad sublime de la mente; un escándalo, una explosion de formas y matices nos embargan y producen emociones de delicias.

Apénas han contemplado los ojos el castillo feudal rodeado de árboles, cuando nos arrebata la atencion el sembrado curioso; vamos á detenernos en observarlo, y los pescadores nos distraen con sus tareas afanosas; queremos fijar el cuadro en nuestra imaginacion, y nos arroba el sepulcro solitario al pié de la loma, á las orillas de las aguas que parecen cantar una balada eterna al eterno sueño del polvo humano.