Ibamos viendo altísimas casas de opulencia suma, anchas banquetas como para contener diez personas en fila marchando con desahogo, diáfanas paredes de cristales, porque así puede llamarse á la sucesion no interrumpida de aparadores, y el tumulto de sombreros y sombrillas, castañas y gorros en las banquetas, y de ómnibus, coches, buggies, diligencias y wagones en el medio de la calle.
La gente me parecia que iba como á una gran festividad, tanto así me deslumbró el lujo. Uno de los amigos que nos acompañaba nos decia:
"Esta es la famosa quinta avenida: la piedra de que están fabricadas esas casas es la de moda, Brown Stone (piedra morena).
"Las ventanas que sacan el ojo al ras de la banqueta son de los comedores; esos que remedan balcones son de las grandes salas de alfombras turcas, de candelabros gigantes, de ensueños de porcelana y cristal, de oro y de sedas.
"¡Qué escaleras! qué pórticos y qué profusion de magnificencia! Ese es el Hotel Everett, uno de los más opulentos: se puede calcular el precio por persona en diez pesos; pero es soberbio, y aun los hay mejores.... Fíjese vd. en esa estatua ecuestre: es la célebre estatua de Washington, con su sombrero en la mano; parece derramada el alma del héroe en la felicidad de su pueblo."
¡Hermosa plaza! los niños corren con sus aros y las nodrizas empujan las carretelitas de los bebes.—Ya sabrán vdes. la historia de aquella mano.—Parece brotar de aquella fuente polvo de cristal....
Instalados en el hotel, y descansando con los ojos cerrados en mi cuarto, me parecia el recuerdo de un delirio la memoria de mis primeras impresiones.
Dormia, en la más prosaica acepcion de la palabra, cuando de tropel entraron á mi cuarto unos chicos de buen humor y me arrebataron en medio del ruido tumultuoso, entre miles de carruajes que hacen peligroso el tránsito, á que viese un teatrito de segundo órden, frecuentado por gente alegre.
Sabian mi propósito de verlo todo para todo contarlo, de escabullirme en encrucijadas y vericuetos, en régios salones y en meetings tempestuosos, de llevar mi daguerreotipo frente á la Aspacia y á la Lucrecia, lo mismo reproduciendo el palacio espléndido, mansion del opulento, que la oscura buhardilla, antro de la miseria.
Era de noche: la parte alta de la ciudad, con pocas excepciones, se percibia oscura y desierta; era una masa negra y maciza, como un muro inmenso; pero ese muro se rompia de trecho en trecho, en claros de luz deslumbradora, como una compuerta que por sus grietas dejase salir las aguas.