Sobre el muro se iba alargando el horizonte sembrado de estrellas, ó se rompia expansiéndose en bocacalles y plazas.
El aspecto de la calle de Brodway (calle ancha), en que me encontraba, era deslumbrador: veíanse en alto bombillas de cristal, reverberando con la luz del gas y formando esplendorosa faja sobre las banquetas amplísimas, trazando en la sombra un carril que se prolongaba por más de dos leguas: sobre aquella faja estallaban los globos de cristal apagado, de gigantescos candelabros, arcos con globos tambien suspendidos á la entrada de cantinas y fondas, y surgian en promontorios y cascadas, grandes luces escarlatas, azules y rojas, reverberos de ráfajas de fuego, con todos los matices y todos los tintes de la luz, en aquel inmenso festin de perspectivas y primores.
Son como dos raudales de rayos de sol que chocan y se desbaratan en estrellas, en rieles de oro, en cascadas de esmeraldas, en rocas de ópalo y rubí.
La parte inferior de los edificios puede llamarse diáfana, tan gigantescos y limpios son los cristales que las constituyen, y de los que están hechos aparadores riquísimos iluminados en la parte interior; en los aparadores están agotando las mercancías la persuasion, las seducciones, la súplica, la sorpresa y el mandato.
Ya son sombreros de todas las formas, de todas las fisonomías imaginables, expuestos en gradas ó suspendidos en alambres: inmediatamente despues se divierte la vista con naranjas envueltas en sus papeles, plátanos á medio pelar y manzanas lustrosas con sus mejillas de escarlata: se separan los ojos de la fruta, y se despeña en cascadas que forman las alfombras, ó en montones de petacas, carteras y útiles de viaje, de vaqueta y cuero de Rusia: apénas vuela la mirada sobre esos útiles, cuando examina sobre negro terciopelo, collares de diamantes y de perlas, sortijas como chispas de fuego, mancuernas amorosas, prendedores lascivos, aretes acariciadores y adornos de peinado provocativos: un paso más y es un piélago de encajes y listones, entre cuyas ondas sobrenadan fallitas de niños, golas, baberos y mantillas: otro paso, y es un caos de zapatos, desde el botin de raso y oro de la lady, hasta la falúa inverosímil que calza la pata inconmensurable del hombre del Kentuky....
El cuadro, de dia especialmente, lo animan multitud de paseantes; los vendedores de bizcochos, dulces y frutas que se instalan á los lados de las banquetas; los pegadores de loza y vidrio; los carrillos con cacahuates, que aquí tienen rara preponderancia; los aparadorcillos de navajas, collares y anillos de dublé, y los canastos de preciosos ramilletes de las floristas.
En el centro de la calle son las encontradas corrientes de carruajes, con sus caballos arrogantísimos y sus cocheros, que á lo léjos muestran en la poblacion aérea, los diferentes grados de la fortuna.
El cochero del banquero, con sus guantes blancos, su frac de paño y su continente aristocrático, como desertado de una recepcion diplomática; el del ómnibus, con su gestudo sombrero como un retruécano, la tez aguardientosa y las manos como de corteza de árbol; el conductor del carro, con su cachucha y en mangas de camisa; y el negro carretero, con su sorbete estupendo, sus colosales botas y su leviton abierto como las dos alas de un ropero, cimbrándose y dando cada grito que tiembla el mundo.