Abrióse la cortina, y se recreó la vista con un grupo de amazonas.

El grupo en que Frinea revela su hermosura con arrogancia triunfal, desarmando al areópago, me encantó, y me encantó porque cuando en esos grupos se observa el arte, se hace el culto de la estética, se glorifica la forma, como que revive y palpita la epopeya, como que se escucha suspirando la lira de Homero, en torno de esas hermosuras que han atravesado luminosas los siglos.

Y sin embargo, el pérfido albayalde de la diosa, la justipreciacion de sus formas, el nombre real de la chica de corta fortuna, escupido entre negra saliva de tabaco, aniquilan el ideal y nos sepultan en repugnantes realidades.

Apénas se indicó el entreacto, cuando pollos alentados, viajeros curiosos, zorros de entre bastidores y cazadores de gangas, dejaron sus asientos, atravesaron excusadas escaleras é invadieron un pequeño salon con sus mesas, su mostrador y su expendio de licores, cerveza, refrescos y tabacos.

Entre el humo en que se veian sorbetes y fieltros, rostros encendidos de bebedores, fisonomías de muchachos despiertos y canas de vejetes despabilados, fueron penetrando bulliciosas, saltadoras y con descoco inaudito, las deidades olímpicas, con sus lanzas de palo, sus cascos groseros de carton, sus collares y pulseras de cuentas de papelillo y vidrio, sus ropas de telas ordinarias, escudos, cetros y todo el descolorido atavío del teatro de la legua.

La jóven se sienta marcial, es invitada ó invita, se hace de confianza, toma el peso á la cadena del reloj, se extasía con los anillos, diciendo que son lindos, espléndidos, y que le vendrian bien.

Paletós y senos palpitantes, morriones y sorbetes, paraguas y escudos, mantos de púrpura y sacos rabones. Minerva con su cigarrillo, inclinando la frente bajo las alas del sombrero tendido de un labriego, Frinea componiéndose un zapato, otra divinidad con tantos bigotes de cerveza.... y no más, y nada más: por más que la malicia quiera protestar en contrario, toda aquella alegría artificial, todas aquellas miradas de pacotilla, toda esa mercería de dublé, compuesta de sonrisas, suspiros, celos y lágrimas, no es la lujuria, no la desenvoltura, no la orgía; es simple y friamente la especulacion del bar-room. Habrá sus ajustes exteriores, habrá la que se quiera; pero allí solo se trata de la venta de licores, entre el humo, los gritos y el aparato calculado del placer.

De repente suena una campana, y como bandada de gorriones que entre los surcos pepenaban el grano cuando oyen el tiro, vuelan ninfas y pastoras, nos codean y rozan, descendiendo por los angostos pasillos, sílfides, náyades y bayaderas, y el cortejo de bebedores sale como un convoy fúnebre del salon, que queda desierto.

Mis amigos estaban contentos, se aumentaba su gusto con la presencia de mis primeras impresiones: ellos eran soldados aguerridos.