La mujer se entregaba al baile con gorrillo y capota, con su portamonedas ó su ramo de flores en la mano, y si hubiera sido la hora, creo que con su canasto con verdura debajo del brazo. Pero el trage es esmeradamente elegante, los guantes irreprochables, fino el pañuelo; el abanico que cuelga á su cintura, pendiente de una cadenilla, casi lujoso; solo al levantar airosa de un lado la falda de su túnico, y no siempre, se suele ver la pata ilícita del grumete, del soldado omiso, del barrendero de calles: aquella pata es toda una inconsecuencia, una salida, no de pié de banco, sino de pié de yankee.
Las parejas no conversan durante el baile, ni en los intervalos: se entregan á su tarea preocupados de su negocio.
El hombre, pelon, de cuello tirante, de hundidos hombros y saliente pecho, guarda compostura, y está en general vestido de negro, salvo una que otra excepcion, que no es repugnante para ellos. Ese es el escéntrico, un original de chaleco y corbata blancos y descomunal zapato bajo, con pliegues en la pala, enormes moños de liston y hebillas de acero.
En el corredor hay cuchicheos y risotadas, viajes al salon en que está la cantina, confianzas, pero no altercados; y cuando el baile termina, se extiende el ruido, y la sed se despierta con furia, apagándose con limonadas, coptails, cerveza y Champaña.
Cuando el wals deja oir sus acentos vertiginosos, entónces la excitacion es estupenda: en el tablon bruñido, las parejas se arrastran como hojas secas que arrebata el torbellino, y hay caidas tremendas, entrando en la diversion el descoyuntamiento de uno de aquellos atletas de la danza.
Entre doce y una de la noche se anuncian las sombras (Shadow).
Apáganse las luces de gas aunque no totalmente: frente dos potentes reverberos colocados en lo alto del corredor, se ponen vidrios verdes, azules, colorados, amarillos y de color de violeta, y así se hace la sombra en el salon.
Pero la sombra no es, como se cree, una cerrada de párpados de la policía; podrá autorizar alguna licencia, le pondrá una máscara á la etiqueta; pero no es el dominó que cubra la decencia. Sin embargo, la extrañeza irrita el contento y se espera con ansia la hora de las sombras.
Los extranjeros pasan entre los concurrentes al Shadow inapercibidos, contraen relaciones fáciles sin más que algun empellon al paso, que se disculpa con un excúseme (dispense vd.), que es paliativo de un pisoton que hace ver las estrellas y lo seria de la sacada de un ojo. Pasa el extranjero, busca á sus paisanos, bebe y bromea pugnando por aprovechar el caudal de voces que les tiene suministrado el Diccionario, alguna Guía de la conversacion ó el Ollendorf.
A otro teatro bar-room he asistido, que me pareció más aristocrático, y sobre todo sin sombras: El Tívoli.