La puerta del Hotel Saint Julien está á pocos pasos de la calle de Brodway: llegamos á su esquina, y me quedé realmente estupefacto y aturdido de tanta grandeza y tanto y tan increible movimiento.
—Despierta, Fidel, no te aleles, que te veo como dormido; oriéntate desde ahora, porque te vas á perder aun yendo de mi brazo.
Figúrate la ciudad, permitiendo que te hable con la mayor vulgaridad, como una inmensa lengua en la que estuviese trazado imperfectamente un tablero; las casillas de ese tablero corren de Norte á Sur y de Oriente á Poniente. Ahora, figúrate tendida en diagonal imperfecta de N. O. á S. E., una línea que culebrea y corta irregular las casillas en toda la extension de la lengua: esa línea es la calle de Brodway.
Figúrate ahora atravesada la lengua por otra línea central; esa es lo que se llama Quinta avenida.
De este centro parte la numeracion, desde el uno al Este, y desde el uno tambien al Oeste, de suerte que hay dos unos, dos doses, etc., pero correspondiendo cada uno á su viento, con total independencia; así, pues, la distincion de Este y Oeste es indispensable para no encontrarse sin saber realmente cuál es tu mano derecha.
Tambien ha sido necesario distinguir la diferencia entre avenida y calle. Avenida es la calle que corta la ciudad en toda su longitud de Norte á Sur, y calle la que atraviesa á lo ancho la ciudad de Oriente á Poniente.
De la antigua ciudad holandesa, llamada Wite-hall, te hablaré despues.
Por lo que te acabo de decir comprenderás, ante todo, la inmensa importancia de Brodway.
Brodway, abriendo sus fauces en el mar y corriendo fuera de la ciudad, forma el intestino inmenso del coloso, distribuye, en su zig-zag opulento, la vida á todas las extremidades del gran cuerpo, recibe los jugos nutritivos de la existencia de la sociedad de Nueva-York y la concentracion de su accion es de tal manera pujante, que á las dos ó tres calles de su contacto en todas direcciones, con excepcion de las avenidas, parece que uno habita en una ciudad abandonada, con una poblacion de puritanos; reina el silencio y por las desiertas banquetas atraviesan las gentes, como los delgados hilos que se han separado del cauce de un rio caudaloso.
No sé cuántas más reflexiones continuó haciendo Francisco, porque yo, realmente, como despertando de mi aturdimiento, me daba cuenta confusamente de lo que tenia delante de los ojos.