Hasta donde alcanzaba mi vista, por uno y otro extremo y á mi espalda, se extendian y levantaban inmensos edificios cuya altura me era desconocida en esa tenaz continuidad, es decir, del doble ó triple alto de nuestras casas comunes, más altos que el Hotel de Iturbide ó la casa que llamamos de los Azulejos.

Vária es la conformacion de las casas: á veces un edificio compone una manzana entera. Elevadas, angostas en lo general, como superpuestos trozos que forman cuatro, cinco, seis y siete hileras de ventanas con sus vidrieras, que no se abren sino que alzan ó bajan sus cristales; es algo de la ventana del claustro, con sus persianas verdes hácia fuera, como una ave clavada en la pared con las alas extendidas.

Esta conformacion de ropero y de estuche, esta arquitectura de portavianda, da aspecto triste y solitario á la parte superior de la ciudad, que no tiene balcones, terrados ni azoteas, sino casquetes y tejavanas.

Pero en la calle de Brodway, las casas que describo hacen paso constantemente á edificios inmensos de cantería y ladrillo, de fierro y mármol.

La hilera simétrica la interrumpen en las calles frecuentes escaleras con sus barandales de piedra; amplias fachadas con las secciones del piso divididas por airosas columnas, pórticos magníficos de bolsas, bancos, templos, balaustradas, estatuas, bastiones, cúpulas y torres.

Las torres son cónicas, acabando en delgadas puntas, y hay como tropeles en los aires, de agujas, veletas, columnas y banderas.

Hemos indicado que el primer piso es el característico de la calle de Brodway, cuyo centro está empedrado de adoquines de granito.

La calle es amplísima, y sus banquetas de grandes losas, de cuatro y seis varas, hacen carriles de uno y otro lado, de ocho ó diez varas de anchura.

La acera tiene un escalon pegado al edificio, escalon de cantería, pero lleno de bastidores de fierro, en los que hay incrustadas pequeñas ruedas de cristal de roca, porque sirven de respiradero y tragaluz á la ciudad subterránea que bulle bajo nuestros piés y asoma sus aparadores, sus muestras, y sus faroles y reverberos al ras de la banqueta. Ese corrido escalon es como un aparador de cinco millas, con barriles, alfombras, carritos para los niños, estatuas de indios, moros y guajiros de las tabaquerías, y hasta una mula enjaezada saliendo de un almacen, para anunciar una talabartería.

Hemos dicho que las paredes pueden llamarse diáfanas por la ostentacion de cristales de sus aparadores; la publicidad es el gran recurso de vida, y en ese anuncio material se ha agotado el escándalo, si fuera lícito que nos expresáramos así. ¿Qué esfuerzo no hará cada uno para acentuar su personalidad en aquel tumulto?