Las mercancías gritan al marchante, las sastrerías exponen en fila sus manequíes vestidos de todo á todo, con sus ojos de esmalte inmóviles, con sus cabezas descubiertas; las modistas trasladan á sus aparadores ladies en efigie, que sonríen y tienen ataques de nervios, vestidas de encajes, y terciopelo y seda; los peluqueros exponen cabezas rizadas perfectamente; los vendedores de pieles tienen osos y tigres tras de sus vidrios; los disecadores de pájaros, tucanes y pavos reales; los vendedores de ídolos y mandarines chinos, ostentan piedras, turbantes y huesos; y el aparador del restaurant contiene pavos y pollos pelados, trozos de carne suculenta, encendidas fresas, robustos espárragos entre flores, caprichos de jaleas y bizcochos, fuentes artificiales, salsas, pickles y latas.

Y á pesar de tanta charla de joyas, de lienzos, de granos, vestidos y muñecos, los anuncios sobresalen y dominan, no obstante que no hay casa, ni ventana, ni quicio, que no tenga letrero.

La pared es como el periódico, es una pared parlante; están no solo los nombres de los comerciantes, sino listas de sus efectos, y esto, en un objeto cualquiera sobre la azotea, en diez banderas que cuelgan, en estandartes clavados en el suelo, en la cornisa, en la columna, en el árbol, flotando ó incrustado en relieve, ó pintado, de madera ó de piedra, de lienzo ó de espejo.

Ya son los anteojos colosales, ya la caja del daguerreotipo, ya un brutal sombrero, ya un zapato monstruoso, una bomba, un almirez, un oso subiendo por un árbol; y el aviso se hace campana, bandera, acento humano, proclama, verso, pintura, capricho y ensueño.

Y como si nada de esto bastase, va un hombre en la calle con dos cajas colgadas al cuello, y camisas en el interior del aparador ambulante, otro enarbola una farola, y un carro que atraviesa está compuesto de puros avisos, y todo esto póngase en accion, anímese con un avalanche de carruajes y con doscientas ó trescientas mil personas constantemente en circulacion, en el extenso y serpeante trayecto, en su mayor parte vestidas con decencia, si no es que con lujo, y apénas se podrá formar ligera idea de la calle de Brodway.

En su conjunto, las impresiones se atropellan y confunden con los objetos que las despiertan.

La sola hilera de ocho millas, es decir, cerca de tres leguas, á los lados de las aceras, de astas con travesaños en que descansan los alambres telegráficos, son un espectáculo magnífico; y cuando se reflexiona en que esos delgados hilos que forman redes, y á veces como tela aérea que hace sombra en el suelo, llevan como en canales misteriosos las ideas y el progreso y la confraternidad al mundo, entónces se glorifica el hombre y siente en sí su grandeza inmortal.

—Estás engentado, me decia Francisco, no quieras apurar de un sorbo todas las emociones. Esa iglesia, ¿te gusta? mírala bien. Es la Trinidad.

—La veo: sus proporciones son de arquitectura gótica; pero es hermosa y descuella con cierta majestad dentro de su barandal de fierro.

—Tienen 50 piés de altura sus paredes, y desde esa elevada torre de más de doscientos piés, se percibe perfectamente la ciudad.