Son pequeños dados de un caramelo que necesita un yunque para partirse; es la melcocha capaz de pegar una contra otra la quijada, sin que poder humano la pueda dividir; es la almendra forrada de vidrio, y hecho grumo el cacahuate; es la panela y el piloncillo; es la charamusca de guante blanco, que lo mismo provoca en un cesto ambulante que en un cajon callejero; bajo cristales y en diáfanos botes, que en un restaurant de alta importancia.

Erigido el restaurant, desplega frecuentemente lujo deslumbrador.

Suelos de mármol blanco y azul, espejos entre las puertas, en las paredes y en las columnas que cubren el espacio del pavimento al techo, profusos cortinajes de seda y más frecuentemente de punto, con trofeos divinos, estatuas, relojes, bronces y cuanto puede imaginarse de más espléndido.

El hielo se sirve en todo: en el agua, en el vino, en la cerveza, entre las fresas, en las tajadas del melon, en los tomates rebanados, que han dado estos en que es fruta, y el servicio de mesa no deja que desear en cuanto á riqueza y propiedad.

Muy frecuentemente, en el centro de esos salones hay fuentes de delgados chorros que en amplios tazones mantienen peces de colores; al rededor de ellas, ó cubriéndolas, desplegan sus ramajes las acacias, levantan los plúmbagos sus tallos, la enredadera tiende sus cortinas, y las rosas, violetas y pensamientos, matizan el grupo.

Hay quien observe que á ese ornato falta el soplo poético del buen gusto; que adolece de cierta tiesura desairada que lo desluce á nuestros ojos, educados á la francesa; que se ve, á la reverberacion del gas, á la aldeana tosca, cargada de encajes y joyas, ménos aérea y avasalladora del alma, que la jovencita vestida de blanco, con una sola flor durmiendo al casto vaiven del seno de alabastro.

Yo digo que la riqueza de algunos de estos salones es extraordinaria; que no pude formar cálculo siquiera del de Brunswick, con sus paredes barnizadas con pintura valiosa, con sus frescos de estilo pompeyano, representando á Héctor y á Andrómaca, y con sus ventanas de cristales que parecen comunicar mayor intensidad á la luz.


Al regresar una noche de una de mis excursiones, mi cuarto era una verdadera torre de Babel.