Me he preocupado yo con los carros, al punto que me parece que influyen en la seguridad y en la moral de la poblacion.

El transeunte, el vaquero, el hombre ambulante en nuestro país, andan á caballo; el caballo se escurre en la encrucijada y penetra en la sierra, desarrolla las naturalezas inquietas y las hace batalladoras, congrega á los amigos en la taberna en que se concierta el robo y se conspira.

No se puede concebir un asalto con carros. El carro es la fianza del trabajador; en cualquiera desman, empieza por arriesgar su capital.

El yankee tiene con el carro verdadera intimidad; se da como supuesto que el carrero es el hombre público más accesible y benéfico; andando el carro, se trepan los chicos á su grupa y siguen muy contentos su camino; varias veces se ven coronando el carro personas bien vestidas, que llevan negocio con el carrero, ó amigos que sin interrumpirlo le platican.

Omito decir que los carros que tienen paredes y toldos van cuajados de avisos, y que hay carros destinados á este solo objeto.

Ayer, 15 de Mayo, fué un dia de carros, y voy á contar á mis lectores con qué motivo, porque la cosa merece detenida descripcion, aunque digan que me divago, porque al fin estas notas no son sino un tejido de divagaciones.

Han de estar vdes. para bien saber, que estos señores del comercio, sin ton y sin són y porque voló la mosca, dispusieron Carnaval á su modo el dia de ayer, y dijeron "Carnaval," con el mismo desplante que pudieron haber dicho "Semana Santa" ó "Noche Buena."

Tratábase de la recepcion en Nueva-York del Rey-Carnaval; planteóse el proyecto, se invitaron á distintas sociedades, ramificóse, hiciéronse los aprestos y se fijó dia. El aparente Carnaval era el disfraz de una feria ó especulacion mercantil.

Omnibus y carros entraron en el negocio, abaratáronse los precios de conduccion y afluyó la gente, al punto que se calcula que más de trescientas mil almas engrosaron las ya muy nutridas arterias de la ciudad.