La procesion régia debia atravesar por la calle de Broadway, el centro de la ciudad; pero como la calle hace X en su marcha, como si hubiera tomado un trago de whiskey, la ciudad entera se interesó en la fiesta. Las calles estaban repletas de gente: en las alturas, en las puertas, en los coches y en las guarniciones de los caballos, flotaba la bandera americana, y en competencia las banderas de todas las naciones del globo, ya acomodadas á las azoteas y ventanas, ya en sartas caprichosas como en un buque, entre las muestras que representan botas, anteojos, zapatos, vasos con cerveza, cachuchas y almofrejes.

No solo la calle de Broadway formaba rios de gente, sino las contiguas, y todas tenian desusada animacion.

Esos conjuntos, esas avenidas caudalosas, esas corrientes de á miles de personas uniformemente vestidas de negro, salpicadas de velos, gorros, sombrillas y peinados de las damas, es por sí un espectáculo.

La multitud no es la gente, es un monstruo de miles de ojos, de brazos y de piernas, que impone, que infunde miedo con su más leve agitacion.

Caminábamos como en medio del estrépito de muchas aguas, y no podian fijarse en nada los ojos, porque se desvanecian.

Las mil ventanas de la parte alta de los edificios, blanqueaban de rostros humanos, en los que reverberaban ojos ávidos.

Gradas, cortinas, antepechos, árboles y faroles cubria el gentío con rumor confuso, y la comitiva marchaba con paso uniforme, con cierta seriedad y tiesura, que casi entristecia.

Entre tanto el tráfico cotidiano no cesaba, y las corrientes encontradas de carros no desmayaban en su actividad febril, que constituye un peligro eminentísimo al pasar de una acera á la otra, rozando las ruedas y en contacto con las lanzas de los carruajes y los hocicos de los caballos.

Despues de horas de mortal espera, cuando caia á plomo un sol que derretia las piedras y sin hacer los curiosos señal alguna de impaciencia, se anunció la procesion.

Como heraldos de la fiesta, confundiéndose en el vulgo de los carruajes ocupados, marchaban tres carros-anuncios de los teatritos de baja ralea, con los que tenemos contraido conocimiento; iban pareados y como en tertulia con otros carros, que improvisaron un concurso ambulante y á la altura de la situacion.