Los carros ociosos, no queriendo perder su tiempo, improvisaron, al rayo del sol, tablados y salones ambulantes, y los curiosos, de pié y sentados, con sombrillas y sorbetes, formaron sobre esos carros estrados varios, estrambóticos y raros, pero al nivel de las circunstancias.
Anúnciase al fin la procesion.
Rompia la marcha, á guisa de batidores, una extensa fila de policías con su uniforme azul, montados en soberbios caballos. El caballo en que iba el cabo que presidia, era finísimo, de raza inglesa, y elegantemente enjaezado.
A corta distancia se presentó el Rey-Carnaval en su carretela abierta; dos mites de gregüescos ocupaban la delantera del carruaje; en la testera marchaba solitario el rey, con un vestido como de podestá, ó sea bata con vueltas de armiño, y un fieltro de figura de quesadilla en la cabeza, de lo más desairado.
Como escoltando al rey, le seguia numerosísima música, en que los tambores, redoblando desaforadamente, hacian el principal papel.
Comenzó entónces el desfile de más de doscientos carros, uno tras otro, de todos tamaños, interrumpidos por bandas de música y batidores de á caballo.
Eran los carros verdaderas secciones de tiendas, cantinas y talleres; era como si al piso bajo de una de las aceras de la ciudad se le hubiesen puesto ruedas.
Carro de cerveza, con la pipa colosal, manojos de lúpulo, un dios Baco aburrido del sol y dando cada bostezo que se tragaba media calle. Carro con remos y máquina de pescar, como mudando de lugar; artículos de botica, camas, catres y colchones.
—¿Qué es eso? decia Pablo, que es un muchacho fanático por México y que les espía á los americanos todos sus defectos, sin concederles maldita la gracia, ¿adónde está la procesion? Eso es que están mudando los almacenes de la Battery á la calle 42.
—Esta es exposicion de industria, propiamente hablando.