—El yankee es amigo del caballo, dijo Manuel; nosotros sus explotadores, si no sus verdugos. No seamos parciales.
Llegó un carro, ó mejor dicho, desfilaron varios carros de vendedores de thé.
—Ahora no tendrás que decir.
Reclamaban, en efecto, nuestra atencion tres carros de la Compañía del thé, con mandarines y comerciantes chinos, vestidos perfectamente, con sus trages talares de riquísima seda; por supuesto, los hijos del Celeste Imperio, de ojos azules y patillas rubias, no chistaban palabra y tenian la gravedad de los asistentes á un entierro.
Carro de lavanderas, con whiskey, con panadería, con imprenta, con herrería, con máquinas, bombas, sastres, telégrafos, toros y borregos vivos, sin interrumpirse la monótona severidad, sino porque de la panadería se arrojaban de vez en cuando bizcochos á las ventanas; iba imprimiendo una prensita y trabajaban unos herreros.... y se acabó la procesion á la hora ménos pensada, siguiendo el tráfico como ántes.
—Esto no ha sido procesion; es que se han mudado varios comerciantes de uno á otro extremo de la ciudad.
—¿Pero no te cayó en gracia aquel que iba tendido boca arriba, recibiendo en la cara todo el sol?
—¡Qué cascos! ¡qué América! ¡qué figurones! esto es de revolver la bílis; esto es que buscan la utilidad en todo estos hombres.... Esta es una coleccion de avisos animados, casi una exposicion: nosotros somos frívolos, queremos divertirnos.
—Al ver esto, nos contó un españolito chiquitin y despabilado que se atraganta con los usos yankees, que en sus paseos por Europa regaló un indiano á un irlandés, su amigo, un perico primoroso, con todas las recomendaciones de un gran obsequio; el irlandés, luego que estuvo á solas con el pájaro, lo vió, revió por todos sus costados, y sin más ni más, procedió á torcerle el pescuezo y á que se guisase del modo más apetitoso.