En las esquinas de las calles, y de trecho en trecho en las aceras, hay postes que contienen los tubos de las cañerías: al tubo se aplica una manga de gutta perca, y techos, paredes y aceras, se lavan la cara en dos por tres.
He dicho paredes, y se deja entender que no todas; pero hay muchas casas cuya pintura es de aceite, otras casas son de cantería, y éstas y las otras permiten esos chorros descomunales que en las banquetas forman rios.
No así en las orillas de la ciudad y la parte del N.O. que yo recorrí; allí la banqueta es el patio, el corral, el lavadero y el depósito de basura.
Casucas grandes y chicas, costras de suciedad empedernida y lustrosa, como de betun, mujeres como en camisa, muchachos medio desnudos, hombres en mangas de camisa, con los cabellos lacios alborotados y sus sendas pipas en la boca, y calzados que tienen del trapo y de la cáscara, de la escama y de la concha de tortuga.
Tendederos, canastos de basura, aros, recortes y trapos en la banqueta, donde se ha estacionado un caballo ó reposa un carro, arma sus sillas un carpintero y un pintor escribe sus rótulos, miéntras descargan á su espalda harina, ó vacía su carreta de carbon el carbonero.
Y aquellos muladares los atraviesan, sin embargo, señoritas ó mujeres de apariencia elegante, con gorrillos y guantes, sombrillas y abanicos.
Yo me ví tentado en cuanto á tráfico, á rectificar mi juicio respecto del movimiento: hay varias calles y avenidas que lo tienen poderoso, á más de Broadway.
La Tercera, la Sexta, la Octava Avenidas, las plazas de la Union, de Washington y otras, hormiguean de gente, y el rio de la Quinta Avenida, como raudal que corre entre lomas, se engrosa, se expanse y se dilata en innumerables calles y callejuelas.
Los carros y wagones, que pueden contarse por docenas, recorren la ciudad en todas direcciones, por una ó más leguas, siempre recogiendo y soltando gentes, y siempre ocupados, al extremo de ir rebosando por las plataformas los viandantes.
La colecta no se deposita, como en San Francisco y Orleans, sino en los ómnibus, que cuestan diez centavos. Cinco se pagan en los wagones, el colector lleva colgando al pecho unos cartones en que marca el número de los transeuntes, y el modo de marcar es una tijera que contiene una campana, con la cual se saca un bocado al carton, que es el justificante de la cuenta.