—¿Qué es eso de mucha hoja de lata? replicó alguno.

—Es una inmensa rueda de hoja de lata,[1] continuó D. Santiago, pegada á ciertas horas á la mano de un negrazo desalmado, que con un bolillo le sacude el polvo, formando una ruidera de cien mil diablos, y esto es para avisar que va la gente á comer, como si dijéramos, para abrir el apetito.

[1] Congo.

—De todo ha de haber, compadre, ya vd. ve que la escala es inmensa; aquí hay desde lugares en que se come grátis.

—Las casas de lunch, es cierto: cuando no es hora, se ven unos palos arrumbados, unos platos y algunos adminículos de mesa.

Llega la hora, y se arma la mesa, como aquí se arma todo, hasta las estatuas: hay estatuas en fracciones, que se atornillan.... y dicen que el arte no adelanta!

Se arma la mesa, se tiende el mantel, se colocan en platones trozos de carnes frias, beefteck, galletas, queso y pan: se esparcen á granel el pan y los tenedores, dominando el convoy y los botes de pikles.

La mesa está á la altura del pecho de los clientes: es casi el pesebre.

No se paga lo que se come, sino solo lo que se bebe.

Llega desaforado un marchante, suelta una dentellada al toro, se llena la boca de galletas, coge un trozo de queso en la mano y se marcha al mostrador, á habérselas, de paga, con la cerveza y el whiskey.