Yo me enamoré incontinenti de aquel noble viejo, y hoy es de mis mejores amigos.

Estaba realmente como payo en zarzuela francesa, sin hablar, sin preguntar por nadie, deslumbrado con los numerosos picos de gas que ardian pendientes del techo, contra las paredes y sobre las mesas, cuando ví venir hácia mí un hombre que habia estado escribiendo en mangas de camisa, con un lápiz como tranca en la mano, y que á sus lados y sobre su cabeza, arrojaba de cuando en cuando, como erupciones, cuartillas de papel.

Aquel hombre era José Agustin.

Enorme cabeza, cuello corto, moreno concentrado, anchas espaldas, chaparro y de una mirada que es todo un desencadenamiento de pasiones, de afectos y de ternura generosa.

En aquel abrazo que confundia nuestras almas, sentia la patria, la familia y la sociedad de cuanto más ama mi corazon.

Como cuando se quiere bien todos los dictados nos parecen pocos para hacernos amar de los demás, José Agustin me presentó con sus compañeros, con títulos de honor que realmente me hubieran avergonzado; pero lo más gracioso del cuento es que aquel anciano los repetia con un entusiasmo juvenil, cuando no me conocia sino de nombre, y por haber leido y releido mis versitos.

Aquel caballero era M. Demitrith, uno de los hombres más eminentes de los Estados-Unidos, y de quien hablaré detenidamente.

A las dos palabras era yo dueño, como suena la palabra, de Agustin, de su casa, manifestando placer y orgullo en poner á mi disposicion sus fondos, que son los que adquiere con su asíduo trabajo, y trasluciéndosele el regocijo de que pudiera disponer de ellos.

Sagaz como una querida, previsor y bueno como un padre, abierto y sincero como un amigo, Quintero me formó una atmósfera de goces y consideraciones que jamás olvidaré.

En un tris tras garabateó Agustin por toneladas cuartillas de papel, soltó el lápiz, nos despedimos de los amigos y corrimos al hotel de San Cárlos á saludarnos, ó mejor dicho, á bautizar aquella nueva era con la copa en la mano.