El hotel de San Cárlos es el mejor y más opulento de Nueva-Orleans.

En la parte baja, que es un espacioso salon circular, está la elegantísima cantina, dos expendios suntuosos de tabacos, entradas para baños y otras dependencias.

Fuera de ese salon, y en una especie de pórtico, están las escaleras que ascienden á un descanso volado ó galería que da á la calle, y de ese descanso conducen otras escaleras, entre columnas gigantescas, por pavimento de mármoles y alfombras, al salon del despacho y comunicaciones con las galerías del hotel.

En el segundo piso, siempre bajo bóvedas sostenidas por altas columnas de cantería, recibe al viajero un extensísimo salon alfombrado, lleno de espejos, con magníficos pianos, sofaes y sillones de régia mansion.

De cada uno de esos pisos parten dilatados corredores alfombrados y adornados con candiles de bombillas de gas. Los tránsitos dan á cuartos aislados, á viviendas y á cómodos departamentos, en que las familias tienen, por precios convencionales, cuantas comodidades pueden apetecer: el gasto en general por persona es de cuatro pesos cincuenta centavos: en nuestro hotel pagábamos veinte realillos, sin los extras, que son una ganga.

Los primeros tragos entre Pepe (porque así llamamos á Quintero en familia) y yo, desataron esa conversacion deliciosa, con una interrupcion á cada palabra, que gira al acaso, y sin trabazon ni ligadura, de los versos á los viajes, de éstos á las recetas de cocina, y salta á las muchachas, y se caracolea entre juicios literarios, paseos, crónica escandalosa y altas cuestiones sociales; conversaciones á pierna suelta, sin piés ni cabeza, sin ortografía conocida. Vamos! mi delicia, porque yo soy antípoda de los graves en todas materias, sin duda porque entre ellos me he encontrado siempre á los más serenados brutos y á los más redomados pícaros que he tratado en mi vida. Una naturaleza monótona y uniforme, sin sus granitos de locura, es perversa en el fondo, por regla general. Bienaventurados los que no encuentran en su camino hombres ó mujeres sin defectos.

Quintero me llevó á su casa, situada en el barrio frances, barrio achacoso, interminable, limitado el horizonte de sus calles por tejados extensos y de tan vária y abigarrada poblacion, que necesita describirse especialmente.

Las calles en general son oscuras, y en las noches, lóbregas y casi desiertas, sin más interrupcion en la oscuridad de las aceras, que los bar-rooms y fondas, los expendios de ostiones, y pastelerías, uno que otro club y un deshilache de jacales, tabucos, cuchitriles y huroneras, que van entre lodazales hasta la orilla del rio, que parece que ha enturbiado sus aguas adrede para no ver tanta indignidad de mugre, tanta profanacion de la piel humana, tanta California de basura y de fango, tanta injuria de los cinco sentidos como se amontona en sus desventuradas orillas.

Quintero, desde la puerta de su casa, volvió á dejarme en mi posada, no sin cita para todas sus horas libres.