Para hacer la carga, se fija una garrucha á uno de los más robustos palos del buque, se engancha el tercio en uno de los extremos de un cable y el extremo opuesto se fija en el arnés de uno ó dos caballos uncidos, que verifican la ascension de moles pesadísimas, avanzando ó retrocediendo con suma destreza.

Debajo de aquellos bultos, pipas, fierros y planchas, corre el gentío á los muelles.

Luego que el buque arriba y suelta sus anclas, desahoga su vapor con estrépito espantoso, afianza su puente y saltan los pasajeros, perseguidos por aquellas partidas ó jaurías tumultuosas de comisionados de los hoteles, que tienen ómnibus, coches y carros, rodeando los muelles como aves de presa. Allí hay grupos de concurrencia selecta, en espera de amigos y deudos; allí los reporters de los periódicos; allí los tiernos saludos y los trasportes de placer. Pero á la espalda se ve la concurrencia del buque que parte con la locomotora, que jadea impaciente; los amigos que se arrancan de los brazos de los que aman; los ojos con lágrimas, y el adios que tiene siempre acento de muerte, y que cae siempre como sombra en las profundidades del alma.

Los vendedores de fruta, los voceadores de papeles, los carros que venden nieve y soda, acuden á esos lugares en que ingleses, franceses, chinos y españoles, parecen llegar al Valle de Josafat, en que todos tenemos de revolvernos.

El limeño con su sombrero de jipijapa; los criados del mexicano con sus jaranos tendidos, y sus gruesas toquillas; el inglés con su imperturbable sorbete; el chino con su solideo, ingresan al conjunto de mujeres desgobernadas, hombres al desnudarse, ladies espléndidas y gente de levita comme il faut.


Separéme de South Street para escurrirme por otras calles y completar mi paseo.

¿Pero dónde están los cristales y los pórticos de Broadway? ¿dónde las hermosas arboledas y las claras fuentes? ¿Dónde esas boticas en que hay pomadas y cepillos, jabones y libros, agua de soda y toallas?

Era un mundo distinto; lodazal ó terrado el tránsito, caños mal cubiertos con tablones desquiciados, puertas irregulares, celosías desvencijadas en las paredes; como colgando de uno á otro piso, escaleras de fierro pegadas al exterior de las casas, como víboras, por donde ascienden y descienden séres humanos, y en las alturas y los intersticios ventanas y balcones; de trecho en trecho, tendederos de ropa, compuestos de dos lazos paralelos y sus carretillas, para que desde un punto fijo se pueda tender la ropa, recorriéndose todo el cordel.

Unas mujeres cosiendo, otras lavando, los herreros dando martillazos, el zapatero en su obra, todos ocupan las banquetas, que recorren carretelitas pequeñas conduciendo á niños de pecho dormidos apaciblemente, porque es de advertir que los niños no cabalgan en brazos, expuestos á un eterno peligro y sujetando á la situacion más servil á la pilmeme: no, señor; empujan la calesita de tres ruedas, que las hay para todas las fortunas, y ahí tienen vdes. á la mujer emancipada y al niño como un príncipe.