Es indescribible el encanto que comunican al cuadro esos torbellinos de niños con sus cabellos de oro flotantes, sus listones volando en pos de ellos, sus carreras, sus risas, sus enojos y monerías. Es la vida naciendo y derramándose en ondas puras á los besos de la aurora; es la espuma de nieve y el celaje de oro resbalando sobre el limpio azul de la inocencia.... pero entre aquellos niños y en aquellos juegos no distinguia á mi Guillermito, á mi Manuel, á mis hijos de mi alma: entónces.... veia oscuro ese cuadro de felicidad.
—Vámonos, me dijo Francisco; estás cansado, volveremos otro dia.
Pero de las doce puertas que dan salida al Parque, no atinábamos con ninguna.
De trecho en trecho, unas tablas indican en aquel laberinto las calles con que tienen conexion los senderos, con una mano pintada que señala la direccion; pero ni por esas: estaba al sembrarme otra vez como una mata en cualquiera de aquellos prados.
—Tomaremos sombra bajo de aquel puente.
Así lo hicimos: bajo el puente estaba el alquiler de los burros para niños.
Yo habia visto muy pocos burros; siempre me ha parecido incompatible el burro y el yankee: pues bien, aquí veia lo contrario.
Están los burros muy bien ensillados con albardones con su horquilla para que monten las niñas, y la demanda es extraordinaria, siendo la salida de cada burro motivo de procesiones de placer en que, sobre todo el americano, hace prueba de su bondad con los niños, y esto es universal.
El padre de familia es quien generalmente carga al niño y brega con él.
Jamás he visto un acto de impaciencia de un americano con un niño: asalta el carro, trepa al wagon voceando su periódico, juega á la pelota en las banquetas, vuela su papelote en la calle, codea á uno que lee, haciendo algazara, y nadie se atreve á lastimar de palabra ni de obra á un niño. Así es que andan solos á grandes distancias, concurren á sus escuelas, toman asiento en los wagones, y las niñas, sobre todo, tienen la conciencia del amparo público en alto grado.