Es un espacioso galeron de madera con grandes jaulas aseguradas con fuertísimas barras de fierro.

Allí contemplé al leopardo, al tigre de varias especies, á las panteras. Seguí el movimiento perpétuo, y como el remordimiento de la hiena, hocico agudo, cuello tendido, mirada alevosa. Preocupado de horror seguia en sus movimientos á la fiera, cuando repentinamente sonó á mi espalda un ruido tan lleno, tan terrible, tan animado, que mi primero é indeliberado impulso fué huir. Aquello era estupendo, yo no habia oido nada semejante; retembló el suelo y crugieron los tablones de la espaciosa galera. Muy al contrario de Pipelet, sin entrar en averiguaciones, mi primer movimiento fué huir.

Francisco me detuvo riendo.

—Vuélvete, me dijo, deja á esas hienas que son imágen del asesino cobarde, vuélvete á mirar al rey de las selvas.

El propietario de aquellos ruidos que apagarian la tempestad y tendrian eco aun estallando el trueno, era el leon; ¡qué grandeza, qué luenga melena, qué garra formidable! Nada hay exagerado en las pinturas épicas del Titan de Africa; impone como un monumento, se hace acatar como una majestad.

Hay varios leones en triste soltería. Este está acompañado de su consorte, y ofrece á veces espectáculos de la vida íntima.

Otro leon rugió de nuevo, y no obstante la quietud de la concurrencia y el regocijo de los niños, y á pesar de que era para mí evidente la seguridad en que me encontraba, yo y algunos otros retrocediamos de las jaulas, porque se teme realmente que tablones y barras vuelen en fragmentos, en un rugido de la fiera imponente.

—Queria que vieses el acuario, aunque hay uno de una empresa particular, que es el que quiero enseñarte.

—No, vámonos Francisco, vámonos, porque estoy hecho pedazos.