Francisco posee la ciencia de caminar por Nueva-York, ciencia que consiste en conocer la direccion de todos los carros que recorren el tejido de rieles que atraviesan las calles.
Sabe los giros, vueltas y curvas de los wagones que van á City Hall y á Fulton Ferry, los que visitan los muelles, los que se detienen frente al Correo y los que en varias calles, como en la núm. 34, tuercen para las orillas de los rios laterales.
Ya hemos hecho observar que estamos en domingo; ya sabemos que el número de carros y de otros vehículos es fabuloso, y no obstante, los carros van y vienen rebosando gente.
El carro está declarado insondable como el mar, de llenura imposible como la tinaja de las Danaides; el carro para el conductor y para los pasajeros, es de elasticidad infinita; en el que pudieran á lo más caber veinte, van cuarenta ó cincuenta, condensados, en prensa, colgados á los palos laterales.
Y andando, andando, á veces suben y bajan gentes, como si una seccion de la calle estuviese en movimiento.
—Nota, me decia Francisco, que no solo la calle de Broadway tiene lujo y grande tráfico.
Todas las avenidas son amplias, con árboles y plazas, y su parte baja da cabida á tiendas, restaurants y lugares de recreo.
Las avenidas ó grandes canales que corren de Sur á Norte, todas son aun más anchas; en sus tiendas se ostentan grandes cristales, su alumbrado es igualmente espléndido.
Ya te enseñé la Avenida llamada Bowery ó Broadway de los pobres; á todas horas la atraviesa gentío inmenso. Tú mismo me has dicho que la Sexta Avenida es hermosísima. Me hablaste tambien de la tercera y octava.
La falta del tráfico, las habitaciones silenciosas, los horizontes de soledad y tinieblas en las noches, los forman las calles; pero en cuanto á las avenidas, de cada una de ellas se podria hacer una gran ciudad.