En un falucho incómodo y movedizo como una anguila, pero amplio y capaz, emprendí mi viaje para Tlacotalpam, donde la familia Ituarte, Carballo, Celeski y un clérigo distinguidísimo discípulo de D. Alberto Lista, me dieron dias muy agradables.

La tripulacion de nuestra canoa pretensiosa, era de gente pobre, es decir, jarochos disputadores y despiertos, de pantalon blanco, banda encarnada y sombrerillo de paja; y jarochitas de enagua ampona, mascada escarlata, rebozo terciado al desgaire y cachirulo empinado con piedras y perlas falsas. No faltaban sus comerciantes llenos de desenfao, con sus tabaquillos del grueso de una tranca, llevando al hombro las chaquetas para que se dijese que iba allí gente decente. Entre esos comerciantes iba uno de la casa de mi amigo Carlin, muy afecto á la contesta formal y á los versos.

En la popa del falucho, dándome la espalda y con la vista al claro de mar que se percibia á lo léjos, se destacaba un bulto negro, ó más bien dicho, iba un hombre embozado en una amplísima capa, cosa rarísima por aquellos lugares, con un sombrero de ala ancha que caia sobre los bucles de un cabello de ébano, que se mecian sobre sus hombros.

Vd. no conoce al Teloloapam; es el rio amplio y cristalino, limitan su horizonte espesas arboledas y cortinajes de yerba, que cuelgan de las ramas de los árboles y forman caprichosos cortinajes.

Entre los muros de verdura de las orillas y entre el ramaje de las flores acuáticas, se ven parvadas de blancas garzas y multitud de aves: como zafiros, topacios, jacintos y diamantes, vuelan los insectos, despidiendo entre el follaje relámpagos de luz.... en los recodos que forma el rio, se albergan por millares las chachalacas, que aturden con sus gritos y remedan tumultuosas las voces humanas.... y en las noches, de entre aquellos macizos de sombra, de aquellas ramas y de aquellas aguas, saltan en explosion, se extienden y derraman millares de luciérnagas que forman remolinos de partículas de luz, de luceros, entre las que parece nadar el cocuyo, cuya luz fosfórica, tendiéndose en la superficie, hace como si fueran las aguas, vertientes de nítidas estrellas.

Eran las últimas horas de la tarde; la luz realzaba como un fondo ó una plancha de oro espléndida; el ramaje de los árboles se destinguia, produciendo esos abismos de brillo, esas irradiaciones caprichosas, esos columpios de llama, esos calados de hojas y reverberaciones que se ven y que desesperan porque no se pueden explicar, como si Dios nos dijera: "Esta revelacion sublime de mi existencia, esta intimidad entre lo que yo produzco y tu alma siente, guárdala tú solo en tu corazon."

Yo contemplaba absorto aquel cuadro, y al bulto negro sin duda le llamó tambien la atencion, porque le ví que se puso de pié dando su frente al Ocaso, y marcándose su figura como rodeada de luz, como en un marco de oro.

Entónces contemplé su fisonomía, que revelaba de luego á luego al hombre extraordinario. Era aquel rostro la fusion de los tipos de Mirabeau y de Danton, pero embellecidos y como dulcificados por una mirada que encerraba todas las tempestades, entre los destellos de los afectos generosos.

Atlético, moreno, con el pelo dividido en la medianía de la anchurosa frente, cayendo sedoso en negros rizos sobre sus hombros, ojos negros que abria iluminando y que cerraba como sujetándonos y poniéndonos á su discrecion, como el puño de una mano de hierro.

Sin cuidarse mucho del personaje que á mí tanto me preocupaba, uno de nuestros amigos me suplicó leyese unos versos que habia recitado en Veracruz en la casa de mi querido amigo Dr. German Brendt, alusivos á las desdichas de mi patria.