Representábase la Gran Duquesa, favorita del público de México, aquella caricatura de los grandes palacios y de la ridícula pompa de las cortes, azotada como con un látigo con la inspiracion implacable de Offembach.
La representacion fué excelente, y la Aimée tuvo ocasion de derramar á puñados la sal y el chiste con que tan liberalmente la dotó la naturaleza.
¡Cómo me halagaron mis recuerdos! ¡cómo traia yo á mi memoria con orgullo la manera con que ha sido comprendida y ejecutada en México esa pieza!
Aquel Bum-Bum fanfarron, tipo eterno de los matasietes de charreteras, azote de los pueblos, era sin duda mejor comprendido por Loza y por Castro.
Fritz, buen mozo, simplon, con pretensiones de veterano, refractario á la pasion de la seductora duquesa, lo interpretaba mejor Poyo ó Garrido. Pero sobre todo, aquel príncipe Polk, narigudo y de frente deprimida, presumido, baboso, impaciente de poseer la mano de la duquesa que le desdeña y lo pone en ridículo, ese papel difícil lo vimos en México en todo su realce caracterizado por Areu.
Multitud de franceses asistian al espectáculo, como si se tratara de un llamamiento de la patria; reian, interpretaban las actitudes de los actores, completaban sus frases y se veia que pasaba sobre sus frentes, refrigerante y dulce, la memoria de los que hablaban y sentian como ellos del otro lado de los mares.
De ese sueño de dicha, de ese olvido de los dolores del presente, adormidos con el néctar de la ficcion, gozaba yo, y me llamaba la atencion que pocas veces ó nunca se hayan considerado las producciones del ingenio bajo esta faz benéfica.
Al lecho del dolor, á la oscura prision en que llora á la puerta la esperanza, en el buque en que la muerte nos habla al través de una frágil tabla en las horas de silencio y duelo, allí llega el ingenio entre las fojas de un libro, se apodera de nuestros sentidos, nos trasporta debajo de las aguas, nos inicia en los grandes salones, en el conocimiento de altos personajes, nos interioriza en los amores tempestuosos de Claudio Frolo, en las aventuras de Artagnan, en las picarescas excursiones de mi Vecino Raymundo, y cuando volvemos los ojos, se han secado nuestras lágrimas, hemos cobrado fuerza para las penas, hemos alejado de nosotros la tentacion suicida. Este milagro lo veia yo patente entre los espectadores franceses. Cada gesto, cada movimiento, cada una de esas irradiaciones de malicia que la Aimée sabe hacer lucir hasta en los pliegues de su trage, eran como ráfagas que iban á iluminar hasta las frentes llenas de canas de las viejas modistas, desertoras de Maville y de los campos Elíseos.
Volvíme de Broklyn: era ya de noche.