En las noches, la parte alta de la ciudad se ve oscura y triste; los remates de los edificios, las agudas agujas de las torres, se destacan en la sombra como fantasmas. De trecho en trecho, en los muros se ven claros luminosos de fondas y billares, y fuera de las avenidas en que el comercio se agita, los promontorios que forman las lámparas, las luces de colores de boticas y de teatros se levantan; se ven, en las calles esencialmente, como huecos de oscuridad suma, lobreguez y silencio tristísimos.
Por ahora todo sucumbe al calor. Un calor que agobia y mata la facultad de pensar; se siente como arena ardiente en las entrañas, nos baña el sudor, los ojos arden y la palabra se arrastra con sonido extraño en los labios secos.
Toda la pompa, todas las grandezas, toda esa ostentacion de civilizacion y de lujo que con justicia se admira en Nueva-York, se cambiarian por un cuarto en el más pobre arrabal de México. Este es un horno, se masca el aire.
Atraviesan gentes con las mangas de las levitas remangadas y los sombreros de paja, ó sendos abanicos en las manos.
Las damas dejan sus salones y están en las puertas de las entradas de las casas: los hombres hacen sus visitas en las escaleras. El suelo quema las plantas, solo con zapatos con suela de un dedo de grueso, se anda cómodo. Yo quise andar con mi botin á la mexicana, y se me figuraba que iba sobre una parrilla ardiendo.
A las muchas fuentes se abalanza la gente á beber, y cuando el policía se descuida, zanbullen su cabeza en las aguas los más encopetados.
El consumo de hielo es fabuloso; se trasportan verdaderos peñascos en carros: en el vino, en la mantequilla, en los tomates, en el thé, en el café, en todo hay hielo. En los teatros hay regados abanicos sobre los asientos, y no es extraño ver graves espectadores en la galería de un teatro de segundo órden, que quedan en mangas de camisa para no abandonar la diversion.
La gente gira como vagando, aturdida y sin objeto, hasta muy entrada la noche; y fíjese bien la atencion en que se trata de la noche, es decir, las horas de solaz y de fresco.
En el dia es la mansion en las llamas, trasciende como achicharrándose la carne humana en el gentío de Broadway: á cada dos pasos se ven grandes soperas con aguas de naranja ó limones, á uno, dos y tres centavos el vaso. En las boticas se agolpa la gente pidiendo soda, vichy y aguas heladas, y en cualquier momento se podria apagar un incendio, si pudiera deponer la gente la cerveza que toma de las dos á las cuatro de la tarde. El termómetro suele marcar de 100 á 104 grados de Farenheit.
A esas horas, el ruido de los mil carruajes que forman como piso que se mueve con sus techos, se oye como de procesion fúnebre; por poco elevada que sea una subida, se tiene que remudar caballos. A las orillas de las banquetas hay baldes con agua, donde paran los animales á beber, y con todo, caminan cuellicaidos, con las crines colgando y un resollar de angustia que molesta de ver...... Así caen muertos.