Soulé iba á San Andrés Tuxtla á la casa de M. Próspere Legrand, á donde yo me dirigia.
Viviamos juntos, recibiendo ambos la generosa hospitalidad de la familia Legrand, que se empeñaba en hacernos comprender que recibia favor con servirnos y mimarnos.
¡Cómo ha quedado en mi memoria grabado aquel carácter noble! ¡qué grandeza de alma! ¡qué riqueza de erudicion! ¡qué espontaneidad de elocuencia!
Habia un punto en que siempre estábamos en desacuerdo y que era una verdadera mancha en el sol de su inteligencia: los negros! El decia que lo mejor á que podia llegar un negro era á ser esclavo de un blanco; por supuesto yo me sublevaba contra la blasfemia social, y Gabrielita, una preciosa niña de Legrand, de ocho á nueve años, venia á ponernos en paz con sus chistes y monerías infantiles.
A la espalda de la casa de M. Legrand hay un amplio corredor que da á un pequeño, pero primoroso jardin.
En ese corredor, frente á una mesita en que se nos servia café, pasábamos las horas de la noche, unas veces acompañados de la familia y otras solos.
En una de esas noches tibias, aromáticas, apasionadas y sentimentales de la costa, hablé á Soulé de su ruidoso lance como embajador de los Estados-Unidos en Madrid; nombramiento debido al esfuerzo de los cubanos, entre los que descollaba por sus talentos é importancia Pedro Santacilia.
La luna brillaba apacible; el aire embalsamado corria fresco como vertiéndose en la atmósfera ardiente; á lo léjos se escuchaba la imponente respiracion del mar.
Soulé hablaba: "En Madrid disfruté grandes satisfacciones; llevaba en mi cabeza mil proyectos; me sonreia y me apasionaba la idea de contribuir á la independencia de Cuba. Cuba se me aparecia como una hermosísima cautiva, tendiendo á mí sus brazos y pidiéndome su libertad.
Entre las muchas tertulias á que fuí invitado, ninguna me pareció más espléndida que la dada en la casa del Baron Turgot.