El lujo, la concurrencia selecta y los accesorios del festin espléndido, correspondian al alto renombre del nieto del gran financiero frances.
Me presenté al baile con mi familia, compuesta de mi esposa y de mi hijo, que tendria entónces veinticuatro años. Ibamos vestidos á la rigurosa moda americana, corregida por los recuerdos de nuestra educacion europea.
A los pocos momentos de estar en el baile, corrió en la opulentísima estancia algo de siniestro, un estremecimiento eléctrico, los rostros vueltos á una de las puertas me advirtieron que algo pasaba: detrás de la espesa fila de cabezas, tocados y plumas que cegaba la puerta, ví atravesar precipitadamente á mi hijo con mi señora del brazo.
Apartando la concurrencia, los seguí veloz, entré con ellos en un coche y en casa me informé que al pasar bailando mi señora frente al duque de Alba, le habia ridiculizado su tocado, y habia habido risas que cayeron como una saliva en el rostro de mi hijo.
Nos dirigimos yo al baron Turgot y mi hijo al duque, pidiendo imperiosamente una reparacion del ultraje; propusiéronse medios de transaccion y avenimiento; se interesó lo más florido de la corte en la reconciliacion; todo fué en vano: el orgullo lastimado ciega; las injurias hechas á las personas que amamos, nos hieren en lo más vivo; nos parece que el que se degrada á ofender á nuestra señora, es fuerza que lo veamos de rodillas ó muerto á nuestros piés.
Ajustáronse los dos duelos á la vez: el mio deberia ser á la pistola, el de mi hijo á la espada: propusiéronme la distancia de cuarenta pasos; yo expuse que aquello era demasiado cobarde; es decir, añadí, muy cobarde; yo soy americano: será á veinte pasos. Y así se estipuló.
Durante los arreglos de este duelo, como si hubiese sido convenido, evitamos mi hijo y yo toda explicacion; pero las conversaciones, aunque revestidas de indiferencia, vibraban de emocion, no por el peligro, sino por la identidad de situaciones: álguien habria querido dar al otro testimonio de ternura, y ambos nos retraiamos sufriendo agonías indecibles.
Al llegar frente á nuestros adversarios, la suerte nos designó á M. Turgot y á mí; nuestros padrinos suplicaron muy cortesmente á mi hijo no presenciase aquella escena.... se apartó mi hijo de aquel lugar á un signo; pero se volvió involuntariamente y hubo no sé qué de atraccion en nuestros cuerpos.... yo no sé qué escena muda se verificó.... que hubo un movimiento general como para reponerse cada quien, sin mostrarla, de aquella protesta de la naturaleza ultrajada.
Ya sabe vd. el resultado con el noble, con el valiente Baron: heríle gravemente en una pierna, le ví caer, acudieron los cirujanos.... un coche lo despareció de nuestros ojos.... aunque al lado de mi adversario me llevaban mis instintos, el duelo de mi hijo me preocupaba hondamente.