Es costumbre de la sociedad americana, adoptada generalmente, recibir á los amigos fijando dia determinado de la semana; costumbre conveniente que concilia las distribuciones domésticas, con el solaz y la compostura para obsequiar á las visitas.
Nada más justificado, ¿no es cierto? pues es tal el apego á la costumbre, que en el momento que yo percibo esa especie de cortapisa, ni por Dios ni por sus Santos obedezco la órden, así pudiera perder la vista del lucero del alba.
XXVI
Familia predilecta.—Conversaciones íntimas.—El maíz y las molenderas.—Las tortillas.—El pan.—Bibliotecas.—Nuestro amigo Luis.—Biblioteca de Astor S. Aznar.—Instituto Cooper.—Otras Bibliotecas.
Tengo una seccion de mi familia, que así le llamo, de procedencia habanera, que forma el verdadero contento de mi espíritu.—Hombres distinguidos por sus talentos, mujeres llenas de gracia y virtudes, viejos platicadores y complacientes y niños como arcángeles de rostro, y como diablillos de vivos y traviesos: hé aquí la parentela, que con aquel meneo y con aquella sal de los ijleños comentan las costumbres, me hacen fijar en mil particularidades que se escapan teniéndolas á la vista, y me recuerdan mis tertulias de México, con solo la diferencia de que aquel no sé qué de la patria, con nada se reemplaza.
—No deje vd. de escribir sobre las máquinas de costura, me decia una Pepita bulliciosa, de ojos negros, parlanchina y que conoce México. ¿Se acuerda vd. que valian hasta cien pesos? Pues ahora valen una bicoca.
—Eso depende, replicaba D. Ramon, viejo observativo y camandulero, de voz desparramada y movimientos desembarazados, de que miéntras dura el monopolio que temporalmente concede la "Patente de invencion," el precio es alto; acaba el monopolio, se produce la competencia, y ella trae la baratura.