Ahora pueden conseguirse las máquinas que hemos comprado en cien pesos, hasta por veinticinco.
—A no ser, dijo D. Pedro, vecino viejo de Nueva-York y entusiasta por las mejoras materiales, que se haga cualquiera modificacion á la máquina, en cuyo caso continúa el privilegio. Así sucedió con una de esas máquinas. No tenia buen remate la puntada: esto era la desesperacion de todos. Un dia uno de estos yankees aguzados presentó una aguja con un ojo cerca de la punta. El problema estaba resuelto, el privilegio continuó.
—Pobres costureras! dijo Doña Ambrosia, protesta viva contra el progreso: los yankotes toscos y las brujerías de sus máquinas.
Juanito (jovencito entusiasta por todo lo americano).—Pues buenos pesos se pescan las costureras lo mismo que las lavanderas. Pobres costureras, ¡pero feliz el que puede tener una camisa flamante por seis reales!
—En mi tierra, observé yo, trabajan mucho las lavanderas.
—¿Cómo se lava la ropa en su tierra de vd?
—Restregándola en una losa.
—Se tiene la doble ventaja, observó con cierta sorna D. Ramon, de que la ropa se desgarre y de que se destrocen las manos de las lavanderas, sin contar con que lavan de rodillas y que ese ejercicio las enferma.
El instrumento en que aquí se lava, es un cuadro con fajillas de madera ó metal; se pone la ropa albeando con solo tantear bien la potasa que se le pone al agua. El tendedero es de carretilla, la plancha tiene la lumbre dentro; se fija la ropa en el tendedero con unas pequeñas mordacillas de madera, lo que evita que se rompa como cuando se enrosca en el lazo.