Apechuga con el maíz guisado y con la mostaza, como cualquier labriego del Kentuky; no le hace gesto al whiskey; los tomates, los limones y las hojas de yerbabuena, son sabores que sus labios codician.

Entra con el mayor desenfado á las tabaquerías á prender con un palillo su puro en la lámpara de gas que arde en ellos, se sopla sans façon en cualquier bar-room á sus desahogos corporales, sonríe con los muchachos papeleros y limpiabotas, estrecha la mano á los policías, y los cocheros le saludan con cierta inteligencia, como si conocieran sus secretos.

Tan pronto está Andrés en el muelle presenciando una descarga, como en una Sinagoga con su libro en hebreo en la mano; tan listo se le ve al rayo del sol en una carrera de caballos, como en el teatro más aristocrático, embebecido con las producciones de Shakespeare. Salta por aquí y por allí en el mercado, entre los pescados, las legumbres y los trastos, y deja el mercado para seguir al cementerio una comitiva de duelo.

Lo más curioso de D. Andrés es que no sabe una sola sílaba de inglés, y no solo ignora sino que tergiversa, de suerte que si le señalan la derecha toma la izquierda, y si le desvían corre á la espalda. Basta que le digan hat, que significa sombrero, para que él se presuma, como yo, que quieren agua.

De suerte que anda diez veces un camino, va donde no quiere, vuelve por donde no piensa.

¿Ya ven vdes. todo esto?.... Pues D. Andrés es adorable. Ama á México con delirio, porque allí está su raza, hasta la médula de los huesos, y ese afan de verlo todo y de instruirse, es porque quisiera trasportar á México todas las mejoras, y que su patria sobrepujara á ésta y á todas las naciones del globo.

Su cuarto está lleno de dibujos y modelos de máquinas, tiene á mano los reglamentos de todos los establecimientos de beneficencia y caridad.

Libros de lectura, pizarras, jises, esferas; y cuanto en la instruccion primaria se inventa ó mejora, está á su alcance.

Una escoba, una plancha, un aparato para ensartar agujas, todo lo tiene con sus propios recursos, sin ver á nadie, sin consultar á alma viviente sobre su mérito personal, y recompensado liberalmente con la idea de que su pueblo, como él llama con cariño á Y.... su suelo nativo, adelante y valga más cada dia. ¿No tengo dicho que D. Andrés es adorable?

D. Andrés fué mi compañero á la visita de las Bibliotecas, y empezamos por ver la de Astor.