Estas sérias meditaciones despues de tratarse de animales, es porque me encuentro más animal que nunca en materia de inglés. Ya están al tanto mis lectores de mis primeras campañas de San Francisco; ya les puse de manifiesto mis extravíos en una banqueta, en una mesa de billar, hasta hacerme popular con los vendedores de papeles á quienes en dia claro daba una peseta porque me llevaran á mi domicilio; ya hice patente las luchas entre mi audacia y mi ignorancia: pues, señores, aquí, en esta gran ciudad, se ha agravado mi mal hasta hacerme creer á veces que estoy siendo presa de una séria afeccion mental. ¿En qué consiste que miéntras más brutos sean los individuos aprendan mejor el inglés? Cualquiera de estos negros que merecen un bozal; cualquiera de estas arpías que vomita la Italia y que expele la Francia; cualquiera de estos chinos que parecen de masa cruda, en dos por tres se ponen al corriente y se incorporan á la humanidad: yo estoy cada vez más bruto, y cada dia me siento más extranjero.

Yo estudio, consulto, me rompo los cascos, y nada me vale.

Apénas llegué, fuí á la barbería. La barbería tiene sus botes en una armazon como de tienda, cada uno con su brocha: los barberos estaban en pechos de camisa, eran como unos gigantes; me tocó el más bárbaro y colosal, colorado como un rábano, puntiagudo como un caballo de Frisia.

Al entrar me echó una arenga; yo le contesté, á mi juicio, en un inglés que llevaba preparado; aquella plática era feroz: él comenzó á untarme de jabon y siempre que hablaba él, yo contestaba acorde: de repente se me nubló el cuarto; era que tenia la cara y la cabeza debajo del arca del barbero; no tenia escapatoria, no quise hacer movimiento: cuando saqué la cabeza de aquel cepo, tenia la cara como una bola de billar; todo pelo que topó al paso aquel caribe, habia caido bajo su navaja: bigote, piocha, todo. Cuando me presenté á mis compañeros, soltaron la carcajada.

¿Vdes. creerán que me enmendé? Pues no, señores.... fuí á la zapatería con el mismo desenfado.... hablamos el zapatero y yo.... á un signo de cabeza, botó los zapatos mios y me dejó preso en unos zapaticos que me hacian bramar.... quise reclamar.... se reian y me daban palmadas en el hombro.... Si hubiera tenido un revolver, le vuelo á uno de aquellos tunos la tapa de los sesos. Para no cansar á vdes., los zapatos que tengo puestos, y en los que ando como sobre alfileres, me han costado treinta y tres pesos; once vale el par, resultado de mis altercados en las zapaterías.

Pero semejantes ex abruptos solo me caracterizan de pollino; lo que sí compromete y escuece y puede convertirse en trascendental, es lo que me pasó con mi lavandera.

Es el caso que la lavandera es una inglesa grave, angosta y larga como una asta bandera, con sus bucles canos y sus pretensiones juveniles: el Caballo de Troya puede ser su nieto.

Yo vivo con Francisco en piezas separadas que se comunican. Francisco es naturalmente grave, melancólico y retraido: se levanta mucho despues que yo.

Mi lavandera madruga; cuando ménos lo pienso, se cuela en mi aposento un fantasma envuelto en un negro manteo, con un sombrero como de tres picos y su canasto bajo el brazo.

La lavandera se habia ausentado hacia dias, de modo que carecia yo de camisas....