Interrumpo la relacion de las escuelas, porque estos chicos á quienes tantas atenciones debo, quieren que eche una cana al aire, y no hay escapatoria; ellos porfiados, y yo de reconocida debilidad, en dos trancos nos ajustamos.
La Aimée con sus gestecicos y su zandunga, con sus alzadas de pié y con su tronar de dedos, nos llama al teatro de la Academia de Música.
Es un suntuoso teatro: desde el pórtico, que es amplísimo, nos reciben esos mil picos de gas que ponen en olvido la noche y conducen por donde quiera la claridad del sol, hasta embriagar de luz.
Lujosísimas alfombras tapizan las escaleras y el suelo. Los tránsitos exteriores son salones semicirculares coronados con barandales y crujías, que sirven de salones de desahogo á los palcos.
Los salones contienen bombillas y candiles de gas, cuya luz reverbera y se reproduce en grandes espejos colocados de trecho á trecho.
Entramos al salon, que estaba revestido, así diremos, por más de cuatro mil espectadores colocados en gradas, y saliente todo el concurso en las divisiones convenientes.
El teatro es semicircular. El centro forma una imperfecta herradura.
Arrancan del patio asientos en gradería como de cinco varas, y termina en una faja ó valla de tres hileras de asientos en gradacion.