A la orilla del lago hay restaurants y salones espaciosos, tiros de pistola, juegos de bolos y lugares en que se expenden helados, bebidas refrigerantes, bizcochos y dulces.

Y todo esto animado por un gentío inmenso, porque el rasgo más característico de la mujer americana, sea la que fuere su clase, es ser eminentemente portátil.

A pocos pasos del paradero del ferrocarril está el puente de madera: á la entrada del puente un ciego pedia limosna, en tres idiomas alternativamente.

En medio del puente nos detuvimos á contemplar el lago, que es ciertamente magnífico.

La corriente de gente nos empujó á una puertecita de un jardin, á donde llegaban, ó por mejor decir, se descargaban los wagones y se declaraba el imperio de la gresca.

Unos caballeros vestidos con sus fracs negros, corbatas y guantes blancos y en los ojales del frac anchas tiras de liston con sus flecos de plata y oro colgando, nos expidieron los boletos, por cuanto vos se entiende, proclamándose en grandes rótulos que aquel era un Pick-nick, cuyos productos se dedicaban á un establecimiento de caridad.

Entramos y nos encontramos en el centro del jardin más bello que se puede imaginar: altísimos árboles, macizos de flores, toldos de enredaderas, fuentes bullidoras.

En toda la extension del jardin habia mesillas ó puestos de vendimias, y aparadores con frutas, dulces, objetos de modas, joyas, etc., como quien dice, tiendas provisionales, cuyo despacho estaba encargado á jóvenes de deslumbradora hermosura, pero como en competencia las razas.

La americana, alta, estrictamente ceñida, con grandes bucles, peinado colosal, ojos de cielo y cútis cristalino, un tanto de anguloso en las formas, algo de varonil en la conformacion de las manos; y la criolla de color apiñonado, de ojos negros como abismos de pasion y de ternura, labios manando besos y sonrisas, cabello encrespado sobre la tersa frente, y un conjunto muy semejante al tipo mexicano en su adorable perfeccion.