—Señor Prieto: el Sr. Lic. Quintero, que es nuestro amigo y favorecedor, se habia comprometido á presentar á vd. en nuestra humilde casa; si vd. no tiene inconveniente, me anticiparé yo á los deseos de toda mi familia, de quien es vd. muy conocido por sus obras, y por ser el más íntimo de los amigos del Sr. Quintero.

Pero todo esto lo dijo Julia con tal señorío, con tal gravedad y compostura, que yo balbutí algunas palabras, presenté mis excusas, y no hubo remedio, tomé á uno de los niños de la mano y me dispuse á acompañar á la señora.

Antes de partir busqué á Joaquin, que se me habia traspapelado: á poco que entramos al jardin, lo distinguí á lo léjos en un círculo de habaneros y franceses, haciendo uso de la palabra entre palmoteos, copas y regocijo estrepitoso.

Los niños saltaban jugueteando en los prados, las parejas de amantes se paseaban en las calles de árboles, desde donde se distingue el lago; los consumidores de la jamaica ocupaban las mesitas sembradas en todo el jardin, y por la gran puerta y las amplísimas ventanas del salon, se veian, entre olas de seda, de flores y de plumas, torbellinos de jóvenes y mujeres celestiales, como flotando en los raudales de armonía que brotaban de la orquesta magnífica.

Salí con Julia y sus preciosos niños del jardin, y á poco tiempo haciamos pié en una tabaquería de apariencia comun de la calle de Magazine.

La armazon como una escuadra, el mostrador como una gola, la lamparilla ardiendo, el reloj de palo puntual y en las tablas de la armazon un boquete desde donde puede cuidar el mismo que fabrica los tabaquillos.

Cerca de las puertas que forman ángulos, grandes mecedoras de bejuco y en una de ellas sentada una señora de abierta y simpática fisonomía, no obstante las huellas que habian dejado en ella hondos sufrimientos: en la otra, una jóven hermosa; pero tanto tanto, tan pálida é inmóvil, que la habria creido un cadáver si no hubiese tenido abiertos sus lindísimos ojos.

Los niños, ántes de llegar, se desprendieron de Julia y de mí, y á carrera tendida, dando saltos y armando bulla, penetraron á la tabaquería é invadieron las rodillas de la señora, se encaramaron en la silla y la ahogaban á besos y caricias, mostrándole sus dulces y juguetes.

—Federico! Federico! clamó Julia llamando á su hermano: aquí te traigo á una visita....

El caballero á quien hablaban estaba en mangas de camisa haciendo sus puros, y buscaba su levita para salir....