El trage largo y escurrido con profusa cola, el zapatazo con tacon agudo, el corsé tiránico, el gorrito retrechero, el portamoneda, el pañuelo abajo del cuadril en la bolsa especial del túnico, la sombrilla, todos los adminículos son objeto de su eleccion, y á los ocho dias ya le dice una europea, no inglesa, kandeschifer al pañuelo, guater al agua; pero en esta apostasía de la patria, la vieja se señala con una desfachatez que enferma los nervios, y más la vieja de raza española.

Es para ella tan inesperado el agasajo, le es tan extraña la compostura, el aprovechamiento de los despojos de su olvidada juventud le es tan simpático, que realmente se vuelve loca, se hace la mocozuela, se habilita de dientes en un decir "Jesus," se tiñe las canas en ménos que canta un gallo, se afila las uñas, se da colorete, se planta un gorro como un morrion, y se alista á correr la tuna como una polluela de quince años, diciendo á todo: yes, entre toses y sonrisas.

El hombre se obstina en sus hábitos, y si es español anda en el Parque ó en Broadway, lo propio que en cualquiera calle de Madrid ó de Sevilla, diciendo cada picardía que eriza los cabellos y sintiendo que todas aquellas ladies se condenen porque no conocen la gracia de Dios.

El italiano que tiene el monopolio de las frutas, conserva su tipo miéntras está en la miseria, vaga con su organito, sus arpas y violines, exhala sus cantos y riega á veces por estos mundos los suspiros de su lengua dulcísima.

El chino suele atravesar tambien, deleitándose. Y el aleman perseverante, que es la araña de la mosca del yankee, fuma su pipa y se ríe con sorna cuando ve que el yankee, muy de buena fé, lo cree sustituyendo al negro.

La irlandesa sirvienta conserva tambien su tipo miéntras no tiene un chico, señal infalible de que ya posee un marido, un capital y toda la gracia de San Patricio.

La constante concurrencia de extranjeros, hace en Nueva-York no solo muy difícil; sino casi imposible, el estudio de las costumbres americanas, entre otras cosas, porque no existen tales costumbres: los mismos americanos que han viajado por Europa, y de éstos hay muchos, han modificado sus costumbres.

Lo más característico en lo ostensible es la comida americana; el escaso mantel ó mantel de hule, el ejército de platos, que de un tiron nos invaden con maíces, papas sin pelar, trozos de toro, cebollas, perejiles y rábanos, el pichel de la melaza, negreando de moscas, el jarron con agua, del aspecto de un párvulo de cuatro años en camisa, y el movimiento perpétuo del convoy que riega el vinagre, despolvorea pimienta como lumbre y tiene por escolta todo un botiquin de mostazas, pikles y salsas negras, confeccionadas con cardenillo y aguarrás.

Ese es el plan americano; pero en semejantes planes entran los obreros y hombres de negocios. Acaso se observan en el interior de las familias; pero en la buena sociedad de viajeros, la Francia domina y la carte del restaurant es la biblia del estómago.

Hé aquí hasta dónde hemos llegado partiendo desde la orilla del mar, ó como quien dice, desde Castle Garden hasta Bigot, que está bajo el suelo, sacando un ojo para ver Union Square.