—Ese grande edificio que está vd. queriendo reconocer, me decia D. Andrés, es la Aduana: tiene 200 piés de largo, 171 de ancho, 77 de altura. En el salon en que vió vd. tanta gente, caben tres mil personas, el costo del edificio fué un millon ochocientos mil pesos.
Vd., continuó D. Andrés, que siempre se está fijando en las irregularidades de la arquitectura, vea con cuidado ese edificio: es la Tesorería. ¡Qué correccion de pórtico! ¡cómo no desmiente una línea el órden dórico de las columnas de ocho varas de altura y más de cinco piés de diámetro! Se sube al pórtico por 18 escalones de granito.
El arquitecto, Juan Frases, hizo una copia feliz del Partenon de Aténas: no tiene vd. un trozo de madera de una pulgada en todo el edificio. Hay quien asegure que se depositan en él, dia á dia, las dos terceras partes de las rentas de los Estados-Unidos.
—Advierto á vd., le dije á D. Andrés, que voy sudando la gota tan gorda y que estoy rendido.
—He querido, me dijo, torciendo una esquina, traer á vd. á la gran Casa de Hallen (y como esta hay muchas), á que vea la multitud de máquinas para la agricultura. En México, continuó, ¿conocen vdes. esas máquinas?
—Sí, señor, se conocen muchas; pero, como secretos, no están al alcance de todas las fortunas; los dueños de las fincas suelen comunicarse sus ensayos, y si resultan felices, se los guardan para obtener ventajas en su explotacion: despues de mucho indagar, sabe un curioso que en tal calle ó en tal almacen hay unas máquinas.