En mi tertulia me esperaban las excelentes personas con quienes ya tienen conocimiento mis lectores, y que me han procurado los únicos goces parecidos á los goces de familia que haya en Nueva-York.
D. Ramon, D. Pedro, Doña Ambrosia, Adela, Pepita, me recibieron con su amabilidad de costumbre. Hablábase de modas, de guisos, de teatros y no sé cuántas cosas más; pero en lo que se fijaban muy esencialmente, era en las criadas.
—Tener uno servidumbre irlandesa ó americana es mucho cuento, es buscar á quien servir. La criada se ajusta de diez á catorce pesos, pide su programa como un ministro de Estado, y no la saca vd. de ahí ni para poner á un niño un babero.
—Por supuesto que en ese programa no entra, continuó D. Ramon, estar en la casa por la noche, y esto es lo que más escuece á mi Sra. Doña Ambrosia.
—A la oracion de la noche, recamareras y fregonas se lavan, se asean, se plantan su gorrillo y recorren las calles como la señora más encopetada.
—Yo no soy para esas cosas, porque hasta en el cielo hay jerarquías: habla vd. con una criada, y se alista á tomar asiento; cuando vd. va á buscar á otra, está con el periódico ó con la pluma en la mano: ¡igualadas! y cada una se sueña mujer del Presidente de la República.
—En California, dije yo, habia una señora mexicana muy distinguida, que daba lecciones de español y de música, sosteniendo con este recurso, muy decentemente, su familia: faltóle una criada, y se presentó, como todas, de sombrilla, guantes y muy desembarazada, una hija del país.—¿Cuánto quiere vd. de salario? le dijo la señora.—Me he propuesto servir á vd. por solo la comida.—¿Cómo así?—Lo que vd. oye, señora; pero luego que acabe yo mi trabajo, y despues de vestirme, me dará vd. lecciones de español y de música, con toda dedicacion.
—No siga vd., Fidel, no siga, me dijo Doña Ambrosia, porque se me alborota la bílis; yo hubiera echado á rodar las escaleras á esa insolente.
—¡Insolente! ¿por qué? ¿porque proponia un cambio de servicios, tan honroso el uno como el otro? Confiese vd. que lo que nosotros queremos son esclavos, y que nos asombra verlos entre gentes; ¿por qué la criada no ha de ver el teatro ni concurrir al paseo?
—La casa es su oficina, decia Don Ramon como en broma, cultiva relaciones y familia, se sujeta al pacto celebrado, y esto es todo. En la casa se regularizan las costumbres.