—Lo conozco, dijo D. Pedro, es un excelente muchacho: se hace notable, sobre todo, por su finura y moderacion.

—Pues oigan vdes., continuó Juanito, lo que le aconteció, á los muy pocos dias de llegado aquí. No sabia palabra de inglés y vagaba deslumbrado con las muchas mujeres que pululan por todas partes en esta ciudad.

Una tarde encontró en un carrito una jóven de singular hermosura; la vió, coqueteó, sonrió.... la jóven salió del carro y él en pos de ella; anduvo un poco, tomó otro carro, y Eduardo la siguió frenético: al bajar por segunda vez, le dijo: "Yo amo á vd.," únicas palabras que sabia de inglés: ella sonrió, y á poco caminaban del brazo como Julieta y Romeo: al pasar por uno de esos restaurants, que son como desbordamientos de luz vivísima, como Dios dió á entender á Eduardo invitó á su adorado tormento á tomar alguna cosa, haciéndole señas, ó como pudo. La jóven aceptó; penetraron salones, subieron escaleras, y en un gabinete reservado, un criado oficioso sirvió ostiones, Champaña y no sé cuántas cosas más, porque ya sabemos que tienen diente devorador por aquí las hijas de Eva: terminado el refrigerio, como es costumbre, el criado presentó en un platillo de plata su cuenta. Eran seis pesos y no sé cuántos centavos.

Sacó Eduardo un billete de á diez pesos: la jóven lo tomó y le dirigió la palabra al criado: el criado replicó, Eduardo no entendia una sílaba; pero veia algo de descompasado en la señora de sus pensamientos; acudió gente; á Eduardo se le figuró que el criado faltaba al respeto á la señora y se dispuso á arremeter con él, todo en medio de gritos y de escándalo, en que mi pobre amigo tenia fiebre.... sobre todo porque no entendia una sílaba.... por fin, vino el administrador de la casa, que sabe algo de frances, y explicó á Eduardo que la señorita creia exagerada la cuenta, y defendia á capa y espada unos veinticinco centavos.... Eduardo hubiera dado lo que llevaba en el bolsillo por haber evitado el escándalo.... ella estaba rabiosa, y á pesar de la conformidad de Eduardo, defendia sus intereses como una verdulera....

—Ya vd. lo ve; y si Eduardo fuera de ménos talento, diria que las damas americanas son pleitistas y furibundas como unas arpías. Aquella era una honrada cocinera.

—Añada vd. á eso, dijo Adela, que hay muchas criadas de buena educacion, y de modales que en nada se diferencían de los usados en la buena sociedad.

—Por qué no dices de una vez, que aquí se le ha hecho á la gentuza la suya, y así te quitarias de distinciones. ¿Dónde está la gente fina y de título?.... y no la hay. ¿Cuál es la clase media? y ni quien conteste. ¿Dónde está la canalla?.... pues si aquí no hay canalla; y tienen vdes. que pierde la cabeza el más pintado, porque uno tiene la costumbre de ver las cosas de otra manera.

—En efecto, señora, lo que hay aquí es pueblo, que es lo que se encuentra con gran dificultad en nuestra tierra y en la de Fidel, repuso D. Pedro.

—¡Ave María Purísima! dijo Doña Ambrosia, ya vamos á entrar en la política, que á todos nos pone de mal humor.

—Ya no sigo, Sra. Doña Ambrosia, repuso D. Pedro; pero otro dia hablaremos de la gente fina y de las categorías sociales.