¡Con qué sencillez, con qué buen juicio y con qué gracia me hacia sus explicaciones: yo hubiera querido que todo el mundo la oyera, y cuando todos los yankees estuvieran abriendo la boca, ponerle un rótulo en la frente que dijera: "Esta chicuela es mexicana.... y una de las que hay á cientos en mi tierra, que desparraman la sal!"....
Despues que salimos del Mercado, y andando por las calles, me decia:
—Ya vd. ve: en nuestra tierra (y ese "nuestra tierra" me sabia á cielo), se critica y se pone en ridículo al que anuncia su comercio con un objeto de él; por ejemplo, una penca de maguey en una pulquería. Aquí todo es de bulto: el relojero, el fabricante de sombrillas, el zapatero, todos ponen como rótulos, sombrillas, sombreros y zapatos; y hasta caballos enjaezados, los carroceros y talabarteros.
—Hay ciertas señales ú objetos que son de convencion general. ¿Recuerda vd.?
—Sí, señor, recuerdo. Esas astas ó morillos con listas azules, encarnadas y blancas, son de las barberías ó peluquerías.... Cuando vea vd. un almirez monstruoso colocado sobre una puerta, ni que preguntar: esa es botica.
En las calles, sobre las banquetas, interrumpiendo el paso, hay muñecos desastrados de la talla humana. Ya es un indio comanche, ya un negrito que parece que le va á saltar á vd. al cuello, ya un inglés con tanta panza, ya un chino con bigotazos que barren el suelo: ya me sé que son tabaquerías.
Entre las muestras, siguió Adela, no me negará vd. que son primorosos esos vestidos de papel que visten los figurines, y que imitan perfectamente la muselina y la seda, con la ventaja de ser tan exactas las proporciones del vestido, que pudieran servir de patrones.
Eso es precioso: en cambio, nada más soso y más sin gracia que las muestras de las tabernas ó bar-rooms, sea que representen vasos colorados rebosando espuma, como la cabellera cana, como un viejo frenético, y su número cinco en el centro; sea que tenga la muestra la figura de un payaso con las piernas abiertas, sacando tamaños dientes.