En una calle solo se venden casimires, paños y lienzos para vestidos de caballeros.

En otra calle ó seccion hay tan solo tápalos en que compiten la cachemira, la seda con bordados, los chales, capotas, albornoces y capas.

Más adelante, en una seccion servida por señoras, caen en los mostradores á raudales, listones, cintas, encajes, sedas, botones, broches, embutidos y los accesorios todos del trage femenil.

Como entre nubes se percibe la concurrencia, en una esquina en que las blondas impalpables, el punto levísimo, las gasas que parecen desvanecerse en el aire, alzan su vuelo.

Blanquea la lencería, duermen los terciopelos, se inclina uno bajo los gorrillos buscando un rostro de ángel escondido entre las sedas, listones, encajes y flores.

De los barandales de los balcones del inmenso salon circular penden telas de inestimable valor, alfombras persas, remedos fantásticos de gibelinos y cachemiras, de las que un tápalo solo tiene el valor de cinco mil pesos.

Los dependientes se cuentan por cientos, la realizacion por miles, el capital por millones.

La materializacion de todos los ensueños, la complacencia de todos los caprichos, la satisfaccion de todas las necesidades, están contenidas allí; la pompa de la jóven, la impertinencia de la vieja, el abrigo del anciano, el chiqueo del niño.

Despues de celebrada cada venta, el dependiente que la verifica da un signo, y el dinero se paga al cajero que concentra la contabilidad, lo que hace que cada dependiente asuma la responsabilidad de sus operaciones, que se establezca la emulacion y que el balance pueda hacerse momento á momento. Este mecanismo es lo propio en cada seccion.

Es notable que muchas veces, con su cuenta de pago, atraviesen la multitud las personas, á hacer su exhibicion, con una religiosidad que admira é infunde respeto por la moralidad de estas gentes.